miércoles, 18 de octubre de 2017

el club de herodes

Hasta mis 41 años fui miembro honorario del club de Herodes. Desde mi adolescencia decidí que no tendría hijos en un mundo de mierda como éste, no lo consideraba justo con ellos, y de alguna manera conmigo mismo. En mi opinión no disponía de los bártulos para criar, me llenaba de excusas diciendo a voz en pecho que era demasiado egoísta como para pensar en alguien más, en la miseria del mundo y su inseguridad, en fin...

Sin embargo, de vez en cuando me imaginaba como padre de una hija, cuando veía a padres en la calle pensaba cómo reaccionaría si yo estuviera en su lugar. Me sentía cómodo con esos pensamientos, incluso feliz. Pero eran momentos muy aislados que jamás confesé a nadie. Entre tanto seguía con la arrogancia no reproductiva a voz en cuello. Mis parejas lo aceptaban sin mayor problema, al fin y al cabo éramos jóvenes y teníamos el mundo por delante.

A mis 31 años, antes de irse por siempre, la primera mujer con quien conviví me dijo que ella sabía que yo tendría una hija. En el momento pensé que era un deseo reflejo. Ella iba con personas que leían cartas astrales y cosas por el estilo y eran muy acertadas... excepto cuando yo era el cliente.

Cuando ya casi llegaba a mis cuarenta soñé que tenía una hija, ella tendría unos doce años y era preciosa, no me habló, tan solo me miró con un amor inefable. Desperté radiante. No entraré en detalles, pero recuerdo el momento en que fue concebida.

Cuando su madre me dio la noticia estaba asustada por mi posible reacción. Era el 2 de septiembre de 2010, caminábamos a las siete de la mañana por la carrera séptima con calle cincuenta y tres, luego de que ella saliera de una cita médica. Ella no lo sabía pero yo estaba preparado por augurios, sueños y mensajes inexplicables. Sonreí y le dije que era bienvenida. Fui asertivo, nunca pensé en un varón.

Desde entonces regresé mi credencial al club de Herodes y noté que el talante de padre era natural en mi, me sentí cómodo. La vida cambió, por supuesto. Me asenté y por primera vez viví solo. Encontré valor para dejarme ser y ha valido el esfuerzo. Cuando voy por la calle con mi hija la gente nos mira, es obvio, somos marcianos y muy guapos. Incluso he vuelto a creer en la humanidad a pesar de que todo parezca en contra. El mundo vuelve a comenzar todos los días cuando ella me observa con amor inefable y acto seguido se lanza a abrazarme mientras me dice cuánto me quiere.

domingo, 1 de octubre de 2017

tomás se llamaba gustavo

Corría el año del gallo de 1993 cuando lo conocí. Era un tipo amable, jovial, adorador de soda stereo y con ansias de ser baterista. Por esos días las estrellas dictaban que yo pasara por un punto de giro lleno de algidez en mi vida, así que decidí dejar el grupo de rocanrol que un par de años después cosecharía algo de fama y también pasar de la carrera que había seguido por más de tres años en la universidad pública. Opté por mercadeo y publicidad en una institución privada y pretendí ser otra persona.

Nos hicimos amigos con Gustavo, le gustaba visitarme en casa de mi madre pues le rendía tributo al jugo de mango que ella preparaba, escuchábamos música y se dejaba llevar con largos monólogos acerca de su banda predilecta. Le presté un pequeño set de batería electrónica que tenía por entonces para que hiciera de las suyas. Nunca la volví a ver.

Luego del primer semestre en mercadeo y publicidad noté que la creatividad me gustaba, pero no tanto el mercadeo, las matemáticas financieras o la estadística. Así que decidí quitarme los vestidos y corbata que usaba y terminar la primera carrera que había elegido. Era una decisión práctica, con un diploma me podría mover con más facilidad en la vida profesional. Le pedí a Gustavo que fuera el protagonista de mi trabajo de grado, una película que escribí y dirigí. A él le gustó tanto la experiencia que decidió estudiar fotografía. Encontró un buen camino para sentirse pleno.

Más de diez años después, ya entrado el nuevo siglo, me enteré que Gustavo ahora se llamaba Tomás. Parece que la decisión la tomó pues quería ser el único, no soportaba llevar el homónimo de su padre, un actor de papeles secundarios en televisión. Sin embargo ellos se llevaban bien, cuestión de ego, imagino.

Antes del cambio de nombre, Gustavo hacía público su agradecimiento conmigo, pues según él, gracias a mi trabajo de grado había encontrado su vocación. La versión de Tomás era diferente, según él había sido un cliente quien lo había puesto en el camino. Las dos versiones son de risa. hace tiempo que no lo veo pero lo aprecio con sinceridad.