domingo, 17 de diciembre de 2017

día de doble arco iris

Hace tiempo sé que nada es casualidad, pero para fortuna de la dramaturgia aún me sorprendo. El martes algo me dijo que debía felicitarla vía linkedin por su nuevo trabajo. Hacía tres meses la había invitado a almorzar por su grado pues me agradó su profesionalismo y compromiso en el corto lapso durante el cual adelantamos un proyecto juntos. Inteligente y guapa, tenía claro que podríamos tener una amistad basada en la profesión. Siempre es grato conversar con una mujer guapa e inteligente (lo que las hace más guapas). Pero el punto de quiebre fue una frase que pronunció y no he olvidado.




El miércoles, día de doble arco iris, llegó un saludo de un número desconocido y sin avatar a mi whatsapp, pregunté de quien se trataba. Era ella, había cambiado de número. Noté que el día anterior había respondido a mi felicitación en linkedin sugiriendo que nos viéramos para hablar de un posible proyecto que ella podía echar a rodar. La invité a tomar un café cuando ella tuviese tiempo, propuso el día siguiente luego de las cuatro. El jueves me llamó a las diez de la mañana, supuse que cancelaría la cita de la tarde, pero en lugar de eso me invitó a una gala que se llevaría a cabo en la noche. Se tomó el tiempo necesario para dejar en claro que lo hacía porque su hermano no podía ir y no le parecía bien cancelarme. Demasiadas explicaciones no solicitadas, pensé. Acepté de inmediato y salí a comprar el ajuar para el asunto. Cuando pasé por ella en la noche no fue una sorpresa verla guapísima, me enseñó los zapatos de terciopelo verde viridiana que había comprado para la ocasión. Lo consideré un buen augurio.

La gala no fue lo que ella esperaba, se decepcionó rápidamente del asunto, le había dicho que podíamos cenar antes del evento, pero ella no lo consideró pues el convite incluía cena. Pero no fue así, a cambio bebimos tres copas de vino (aunque le había prometido a su madre que no lo haría, pues hacía menos de una semana se había pasado de copas por un despecho) y nos reímos todo el tiempo. Aburridos del asunto decidimos salir antes de terminar para alcanzar a cenar, pues a la media noche es difícil encontrar restaurantes abiertos. Al llegar encontramos todos cerrados, menos uno de carnes que dio al traste con mi intención vegetariana, y allí fuimos a dar.

Pasada la una de la mañana la llevé a su casa, pero no había llevado las llaves y no había quien le abriera, su madre también había salido esa noche y no la pudo llamar porque su teléfono se descargó. Intentó cargarlo en el taxi, pero llevaría demasiado tiempo. Le dije que podría cargarlo en mi apartamento y aquí vinimos a dar. Su celular tardó más de una hora conectado antes de dar señales de vida, entre tanto tuvimos una charla amena y despreocupada, excepto por el sonido que hacían nuestros respectivos estómagos al intentar digerir una comida pesada. A las cuatro de la mañana, y luego de haber llamado con insistencia a su madre sin que le contestara, le ofrecí que durmiera en mi cama, yo lo haría en la sala. Aceptó luego de una ligera reticencia inicial producto de una vergüenza injustificada pero comprensible. Los tacones de terciopelo verde viridiana reposaron junto a la cama mientras ella se ponía uno de mis sacos, uno amarillo intenso, para abrigarse.

El teléfono sonó a las 7.30, yo debía salir un par de horas para solucionar un asunto personal. Le preparé un café y llegamos a un tema que había presentido y tenía preparada la respuesta: no digas eso  - me dijo-  estoy en tu casa y llevo tu ropa puesta, nunca fuiste mi alumna  - le contesté- ella lo pensó un momento y cambiamos de tema. Le dije que podía quedarse el tiempo que quisiera, pues su madre aún no contestaba. Dos horas después regresé, ella no se había ido. Charlamos, charlamos, charlamos, salimos a desayunar, ella con el saco amarillo intenso y los tacones verde viridiana. Su despecho no era acuciado y se desvanecía. A las once su madre contestó, nos despedimos a la una.

Nos veremos la semana entrante, no la he dejado de pensar, ni olvido la frase premonitoria que pronunció en nuestra primera cita. Llevamos dos. Dejó su perfume en mi almohada.

martes, 7 de noviembre de 2017

caprichosa

La memoria es caprichosa, por eso me gusta hacer listados. Pero hace un tiempo he olvidado hacer listas de lo que quiero y debo hacer. Me pregunto: ¿por qué lo olvidé, si es tan importante? Sigo adelante como si nada, cada nuevo día comienza desde cero. La vorágine de la cotidianidad absorbe todo, energía, intención, impulso y memoria. Hasta que aparece un hasta aquí, no va más. Y evalúo lo hecho, pero intento no volver a mirar atrás para no ser estatua de sal, lo siento por Rut pero debo seguir adelante. Y las listas aparecen de nuevo, tranquilas, desde un infundado fundido a negro, poco a poco, borrosas. Y la imagen es la misma de siempre ¿para qué buscar algo que no está perdido? la memoria es caprichosa y ahora me pide hacer listados.