domingo, 23 de abril de 2017

la serpiente y el gallo

Mr. Net me pidió que reservara la noche del sábado para asistir a un ágape en honor a una cantante firme, porfiada y pertinaz en su propósito. El mismo intermediario nos había presentado durante un concierto de los makenzy un par de meses atrás. Llegamos temprano, tipo nueve de la noche, a una desvencijada casa esquinera en santa teresita, famosa por su actividad musical. La celebrada estaba guapa a morir, con un vestido largo de escote infinito en la espalda y borceguíes tejanos. Le di un abrazo (rozando la piel de su espalda con mi mano) y la felicité mientras su mirada entrecerrada bajo el capul me sonreía con cortesía. Luego de un rato se acercó a nuestra mesa, visiblemente achispada por el aguardiente, y nos ofreció sendas copas, se alegró de que aceptara el brindis pues le había dicho que debía levantarme temprano y no podía  ponerme copetón como ella. Pocos minutos después nos ofreció una segunda ronda, a la que  Mr. Net volvió a negarse. Lo reprendí por tamaña descortesía y me inmolé por él. Ella quedó sorprendida cuando brindé por la serpiente que celebraba cuarenta, me preguntó si yo también lo era pero le dejé en claro que le llevo ventaja por ser un estupendo representante del año del gallo. Me respondió animada que le gustaría hacer migas con un plumífero ya que en hasta el momento siempre se había aliado con enemigos, sin saberlo. Consciente del tema le dije que me interesaba el asunto pues se dice que las serpientes, a diferencia de Adán, me son benéficas y no había conocido ninguna. Así que quedó abierta la posibilidad para una amistad con miras a desarrollar proyectos pues tenemos la misma profesión.  Cerca de la medianoche ella estaba más que achispada, estaba en llamas y dio un recital improvisado. Yo, como Cenicienta, desaparecí antes de las doce, pero dejé mi zapatilla de cristal.

jueves, 13 de abril de 2017

doce pasos

Es inevitable terminar aceptando la situación cuando cada vez que llegas a casa un piano te cae encima cada treinta y siete minutos; te miras al espejo y te ves con las pupilas dilatadas y una sonrisa de aliento ingobernable. Luego te encuentras procrastinando pero con el deseo de volver a ser aquella persona que podía sacar minutos perdidos de sus bolsillos. Está bien, lo acepto: lo acepté susurrándole a la almohada, imagino que en estado beta. Y me sentí mejor. Ahora vuelvo poco a poco, los hábitos buscan el camino oscurecido por el síndrome de Peter Pan. La luz en mi estudio sigue siendo hermosa, la energía se mantiene. Hay doce pasos entre la puerta y el olvido.