lunes, 25 de mayo de 2009

el comienzo del año día 24

La mañana transcurrió normalmente, la spandex continuó con su labor de edición y yo seguía a su lado intentando ver los toros desde la barrera, ella aceptaba mis indicaciones y cambios con tranquilidad. Hasta que llegó la tarde.

Después de almorzar retomamos el trabajo, yo quería ahondar un poco mas en las estructuras de cada una de las secciones del video, así que comenzé a cuestionar más a fondo. Y ahí fué Roma. De un momento a otro la otrora dulce gatita, la sensual dominatrix felina, la dueña de las piernas forradas de spandex, se deslizó hacia atrás en su silla giratoria, cruzó los brazos y me dijo que no seguía con el trabajo, que prefería que yo lo hiciera para no aguantar tanto cuestionamiento. Intenté convencerla de que mi intención no era esa. Imposible. Después de veinte minutos de discusión terminé editando lo que restaba del video frente al computador.

Ella se quedó a mi lado hojeando una revista, con una arrogancia tal que daba ternura, parecia una niña haciendo una pataleta de pucheros con su boca... qué boca. Como yo había intentado guardar distancia no sabía con certeza dónde encontrar el material, eso hizo que el proceso se ralentizara, lo que la deseperó un poco y se ofreció a ayudarme con algunas condiciones, sin mirarla contesté con un rotundo -no quiero- que la sorprendió. Curiosamente después de eso dejó de mirar la revista y seguía cada lento movimiento que yo hacía en la máquina. Pensé que de estar solos, ese era el momento ideal para morderle suavemente los labios. Terminé el trabajo y lo dejé a su consideración, ella lo revisó sin objetar e ingenuamente fue a llamar al jefe para que diera su opinión.

Yo sabía que no era el momento de mostrarle un avance al jefe, no tenía las suficientes herramientas para defenderme en caso de que quisiera destruirlo todo en un segundo. La spandex volvió a entrar anunciando que el jefe llegaría en breve. Ella no tenía idea de lo que podría pasar.

Treinta minutos después el jefe aprobó gran parte del trabajo, sólo hizo unas pequeñas observaciones y yo estaba absolutamente sorprendido. La spandex sonreía con esos labios hechos para dominar lucky strikes (o suertudos como suelo llamarlos) y me miraba sin asomo de la arrogancia exhibida apenas una hora atrás. Le pregunté si ya se había ido la nube negra del mal genio y asintió con la cabeza.

¿Seré yo un suertudo también?

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