lunes, 30 de noviembre de 2009

y mientras tanto... los atarbanes


El mundo no se detiene, mientras yo aprendía y 
me inspiraba un poco en la selva, los atarbanes 
estrenaban el primer vídeo de la banda. Debido a 
que este blog tiene más seguidores que el oficial 
(http://www.losatarbanes.blogspot.com), me 
han pedido, de la forma más atarbana posible, 
que haga algo de publicidad, a ver si nos ve alguien 
más que nuestras madres.

La canción en cuestión es "no confíes en mi" 
contenida en nuestro primera producción "pluma 
de prueba (EP)". La grabación del vídeo se hizo
antes de mi viaje, así que estaba de ánimo para jugar 
y payasear un poco. Adelanto que la producción no 
fue en absoluto profesional, tan solo grabamos con una 
cámara casera. Lo que hay que hacer....

Si corre alguna posibilidad de que les guste nuestra 
música, la pueden descargar gratis (a cambio solamente
les pedimos ser fans de nuestra página en facebook) en 
el siguiente enlace:

http://tr.im/Gfn6

Lo que hay que hacer por el rocanrol...

p.d. si, el da la nariz de puerco soy yo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

el problema de la vista gorda

Al comenzar la década de los ochenta comenzaba también mi adolescencia, el moscardoncito (no tan diesel por entonces) era un crío tranquilo que había vivido una infancia con violencia intrafamiliar (por desgracia propia del país del sangrado corazón) adornada con algunos lujos propios de la fanfarronería de mi padre. Sabía que la vida no podía ser eso, pero no tenía claro el papel que yo quería desempeñar, era un niño bien.

La familia se rompió (por fortuna, pues era insoportable vivir con miedo) y mis hermanos y yo vivimos bajo el ala dulce y protectora de nuestra madre. Crecí viendo el ejemplo real de una mujer que no se amedrenta por la vida, mi padre se hizo a un lado y cuando aparecía lo hacía para atacarla a ella, nada que sorprenda de la hombría del país de la seguridad democrática.

Cuando llegó el día de merecer el diesel, me di cuenta que las mujeres, y sobre todo las madres de este país son las que nos mantienen vivos, a pesar de todo. Mi padre nunca se enteró de cómo crecimos, ni que pensábamos de la vida, no le preocupaba lo que no tuviera que ver con él.

Ya son ancianos los dos, hace poco les conté mi experiencia en el Putumayo (que he intentado narrar brevemente en cinco capítulos en este blog) y me llamó la atención la reacción que tuvieron. Mamá se desconcertó un poco, pero como tiene la ventaja de ser madre, comprendió rápidamente la situación y escucho casi sin intervenir. Mi padre en cambio culpó a la humanidad, a los comunistas, a los extraterrestres y a todo ser viviente por lo que el consideraba un retraso en su desarrollo espiritual. Me dijo que no pretendiera vivir en Suecia. Le pregunté qué hacía al respecto, a lo que atacó con  agresividad, diciendo que la edad le daba el conocimiento. De sobra está decir que aunque nunca dije la palabra Uribe, el prejuzgó que estaba atacando al vaquerito que dicta su gobierno. En fin.

Por desgracia esa reacción de mi padre es la misma que la de muchos colombianos, se llenan de orgullo por heredarnos un país deshecho, tramposo y violento y debemos estar de acuerdo y callar.

Debo decir que estoy aburrido de la doble moral de los colombianos y de su profunda ignorancia. Vivo en un piso quince y sé que desde arriba todo se ve mejor, sin embargo cuando uno baja y se acerca a la vida real se entera que no es tan bonita como parece en la distancia, que  he vivido en una imagen. Algunos prefieren hacerse los de la vista gorda, mientras no los afecte no existe, y endosan su labor y sus deberes ciudadanos a personajes que los embaucan ofreciéndoles una supuesta seguridad, pues saben que no van a arriesgarse a mirar por si mismos la situación para generar un criterio que ayude en algo a los verdaderos afectados. Saben que nuestra pasividad es su mayor ventaja.

viernes, 20 de noviembre de 2009

en la selva del putumayo V




Al regresar a la casa de Carmen y Luis, nos encontramos con Marcela, una niña de diez y seis años que parecía rebosante de alegría a pesar de su intento de suicidio y de la enfermedad de su padre. Poco a poco comenzaron a llegar el grupo de jóvenes para grabar el video que teníamos planeado.

Eran  diez y ocho niños y niñas entre los doce y los diez y ocho años, la mayoría muy tímidos y aparentemente sumizos. Algunos me confesaron que eran o habían sido raspachines de coca, ante lo que no emití ningún juicio de valor, mucho menos al vivir sus mismas condiciones de vida. No lo aplaudo, pero tampoco lo condeno, creo que es la opción que les hemos dado al no ayudarlos como bien lo haría una sana democracia, y ellos llevarán en sus manos las huellas de eso, literalmente sus manos están casi destrozadas por el uso de químicos.

Me sorprendió que muchas de las niñas querían ser  modelos o actrices, y los niños cantantes de reggaeton. Creo que son sueños por salir rápidamente de esa situación y vivir algo que también existe, aunque de momento solo sea en la tele. Por lo menos, por ahora, siguen teniendo algo de inocencia, sin embargo no estoy seguro si eso es una ventaja o una debilidad.

Antes de caer la noche, durante los arreboles, todos se fueron a sus casas, debían caminar entre veinte minutos y media hora, y no querían hacerlo en la oscuridad por los peligros que eso supone, serpientes por un lado, y humanos por el otro . Cuando el sol de los venados cesó su magia sobre mi, yo seguía inmóvil pensando lo que ellos sabían, que vamos por un rato y nunca volvemos.

Vuelvo en un mes.

martes, 17 de noviembre de 2009

en la selva del putumayo IV




Caminamos por los montes desde las nueve de la mañana en busca de la casa de los Valverde, pues Marcela, una niña de diez y seis años y dinamizadora social del asentamiento había intentado quitarse la vida, pues pensaba que estaba embarazada.

Luego de caminar cuarenta minutos bajo un sol de respeto, y de atravesar varios caños por troncos caídos que los atravesaban, llegamos a una de las habituales casas de madera de la zona. Mis compañeros llamaron a Marcela, pero nadie contestaba, así que decidimos franquear el umbral  y llamar desde el interior de la casa.

Escuchamos una voz muy débil y la seguimos hasta entrar en la habitación. El lugar tenía dos camas sin colchones, las sábanas forraban las tablas. En una de ellas estaba un hombre de unos sesenta años, acostado de medio lado, inmóvil, su cabeza flotaba en el aire aunque tenía una almohada debajo, parecía un hombre de piedra. Era el señor Valverde, llevaba doce años sufriendo del mal de Parkinson, y era el abuelo de Marcela, quien se hacía cargo de el. Hablaba con dificultad y muy débilmente. Nos pidió que lo acomodáramos, y arreglamos la almohada para que le sirviera de algo. Nos dijo que ella había salido temprano. Diez minutos después salimos de la casa.

La escena nos golpeó a todos, lo último que esperaba era encontrarme con algo así, la gran ayuda que le dimos fue cambiarle de posición y arreglarle la almohada ¡gran vaina!. Imagino que en este momento, quince días después, Don Valverde está abandonado en la mitad de la selva, como una estatua en su cama sin colchón, esperando alguna ayuda. Claro, mis compañeros de trabajo están haciendo algo al respecto, pero imagino que no va a tener una solución inmediata. Situaciones así me hacen dudar del bienestar que se supone  tenemos en el país del sangrado corazón. Estaría bien si Valverde hubiera elegido esa situación, pero no es así, el está obligado, y si mal no recuerdo la democracia no es eso. En últimas creo que lo estamos obligando en nombre de la democracia, qué vergüenza.

jueves, 12 de noviembre de 2009

en la selva del putumayo III



Ellos llegaron del Nariño, desplazados por la violencia. Tienen tres hijas entre los siete y catorce años, además de vez en cuando se hacen cargo de la hija de una vecina. Luis trabaja en el puerto como cargador de los botes y Carmen es una líder de su comunidad.

El palafito en que viven  está construido con  tablones  de madera y tejas de zinc, lo que la hace muy caliente en ese clima tan inclemente y húmedo. El interior es amplio y austero, dos habitaciones con camas sin colchones, solamente las tablas, una zona social con una mesa y una marimba de chonto que han construido con la comunidad para ayudar a los jóvenes a tener otras actividades diferentes a la de raspachines de coca y una cocina en donde la estufa de leña nos hace llorar cada vez que la encienden, debido al humo que llena la casa. No está de más recordar que es muy probable que en pocos años desarrollen enfermedades en los pulmones, incluso cáncer por este motivo.

No tienen baño, a unos cincuenta metros de la casa, tras una ladera, tienen una letrina a la intemperie. El río les sirve para bañarse y para suplir el agua de consumo. La tarea de recoger el agua es llevada a cabo por las niñas. No tienen energía eléctrica, en la noche se iluminan con velas.

La comida está basada en arroz y yuca, tenían huevos y carne, pero porque consideraban que debían tener una atención con nosotros, los invitados. A pesar de la incomodidad y el riesgo para la salud que puede ser la estufa de leña, el sabor de la comida es incomparable, el café cerrero (endulzado con panela) es un sueño que no se tiene en las ciudades.

Se levantan a las 5 de la mañana (se acuestan a las siete de la noche) y comienzan su rutina diaria. Luego del desayuno, Luis lleva a las niñas a la escuela, primero caminando y luego en bote. Después, si le han confirmado que hay trabajo, se va al puerto, de lo contrario regresa a su casa. Me llamó la atención su responsabilidad como padre, es algo a lo que ya no estamos acostumbrados, los hombres son cada vez menos padres.

La situación me consternó, estas familias viven en el siglo XIX, están aisladas casi por completo ¿y se atreven a decirme que el país está mejor?, ¿que la seguridad democrática es de puta madre?, ¿que somos civilizados?, ¿que la democracia goza de buena salud?. Pues a la mierda, no estoy de acuerdo. En  2002 viví algo similar en Nueva Venecia en la ciénaga grande del Magdalena, no veo el cambio.

Sin embargo ellos parecen no estar padeciendo, incluso se les ve agradecidos, y siguen siendo una familia articulada y rebosante de amor, son transparentes y su espíritu está sano.

Aun me faltan dos días.

martes, 10 de noviembre de 2009

en la selva del putumayo II




A las diez de la mañana estaba subiendo al bus escalera o chiva que me llevaría al lugar donde abordaría el bote con destino final San Luis. Los pasajeros eran indígenas y afrocolombianos en su mayoría, que llevaban provisiones para sus familias, había un buen ambiente en ese medio de transporte que en las ciudades es curiosidad para turistas.

Los primeros veinte minutos del viaje de dos horas fueron tranquilos, hasta que desviamos por una angosta carretera sin pavimentar, me sorprendió la habilidad del conductor para librar obstáculos, por fortuna no había llovido, pues de haber sido así una montaña rusa hubiese sido un juego de niños, incluso parte de la carga son grandes piedras que se usa para llenar los baches de la vía. Dos llantas pinchadas y ochenta minutos después llegábamos a un caserío donde estaba el rudimentario puerto donde tomaría el bote.

Varios hombres se encargaron de trasladar el equipaje del bus al bote que se encontraba en el río Acaé, a unos treinta metros de distancia por una ladera que era un peligroso lodazal, mis botas se sumergieron unos veinte centímetros en el barro cuando di el primer paso.

El capitán del pequeño navío era un niño de unos quince años que intentaba comportarse como un hombre recio, aunque le soltó algunas sonrisas a otros niños amigos suyos durante el viaje. Fueron treinta minutos tranquilos, divisando y apreciando el paisaje, y la contradicción entre la riqueza natural y las sencillas casas de madera, llenas de pobreza pero también de mucho espíritu, se llevaban mi pensamiento.

De pronto, uno de nuestros guías y compañeros de trabajo le pidió al capitán de quince años que se detuviera pues habíamos llegado. Nos bajamos con nuestro equipaje en un barranco que era también un lodazal. Lo superé lo mejor que pude, con mi mochila a cuestas, había decidido vivir como ellos durante esos tres días de trabajo, nada de bloqueador solar, ni gafas oscuras ni celulares. Después de caminar unos setenta metros vi la casa de madera de Carmen y Luis, los que serían mis anfitriones.

domingo, 8 de noviembre de 2009

en la selva del putumayo I




Por razones de trabajo hace un par de semanas debí partir rumbo al Putumayo, al sur del país. Mi trabajo consistía en hacer unos vídeos en un par de asentamientos de comunidades negras e indígenas desplazadas por la violencia. Como la mayoría de los colombianos, no conocía el lugar y tenía algunas ideas preconcebidas al respecto. Me aconsejaron no llevar nada ostentoso y tratar de guardar un perfil bajo por razones de seguridad, ahí  se generó la primera nube de preocupación.

El primer destino fue Puerto Asís, una pequeña ciudad cerca de pozos petroleros, por lo tanto hay una  gran población flotante de ingenieros de toda índole y de colonos, comerciantes en su mayoría. El clima cálido y húmedo, alrededor de los treinta grados centígrados es difícil de sobrellevar sin un ventilador (no me gusta el aire acondicionado). No existen mayores atracciones, excepto las de la mayoría de las ciudades: prostitución, cantinas y religión. No encontré un periódico en toda la semana que estuve allí, ni local ni nacional, por supuesto no hay librerías ni puestos de revistas. El comercio se resume a ropa (incluso de marcas prestigiosas) y comida, nada muy diferente a un centro comercial bogotano.

Me sorprendió la contaminación auditiva, el perifoneo exagerado es habitual, además del alto volumen al que acostumbran escuchar música y el ruido constante de cientos de motos que parecen abejas perdidas, cambió por completo mi percepción de tranquilidad de un lugar en la selva. Otra decepción.

La comida era muy básica aunque abundante, como en el resto del país, el gusto por las grasas y las frituras era el pan de cada día. Únicamente puedo resaltar los jugos de frutas, que sin la exageración de azúcar a los que los acostumbran tomar, son benditos.

El hotel era muy sencillo, pero limpio, barato y con un televisor con suscripción por cable, donde me sentí como en casa viendo natgeo y CNN, aunque aproveché para conocer algo de la peor televisión nicaragüense, boliviana y borinqueña a la que no tengo acceso en casa.

Ese fue mi primer día en Puerto Asís - Putumayo, al día siguiente tomaría un bus rumbo a San Luis, donde comenzaría mi trabajo.