martes, 10 de noviembre de 2009

en la selva del putumayo II




A las diez de la mañana estaba subiendo al bus escalera o chiva que me llevaría al lugar donde abordaría el bote con destino final San Luis. Los pasajeros eran indígenas y afrocolombianos en su mayoría, que llevaban provisiones para sus familias, había un buen ambiente en ese medio de transporte que en las ciudades es curiosidad para turistas.

Los primeros veinte minutos del viaje de dos horas fueron tranquilos, hasta que desviamos por una angosta carretera sin pavimentar, me sorprendió la habilidad del conductor para librar obstáculos, por fortuna no había llovido, pues de haber sido así una montaña rusa hubiese sido un juego de niños, incluso parte de la carga son grandes piedras que se usa para llenar los baches de la vía. Dos llantas pinchadas y ochenta minutos después llegábamos a un caserío donde estaba el rudimentario puerto donde tomaría el bote.

Varios hombres se encargaron de trasladar el equipaje del bus al bote que se encontraba en el río Acaé, a unos treinta metros de distancia por una ladera que era un peligroso lodazal, mis botas se sumergieron unos veinte centímetros en el barro cuando di el primer paso.

El capitán del pequeño navío era un niño de unos quince años que intentaba comportarse como un hombre recio, aunque le soltó algunas sonrisas a otros niños amigos suyos durante el viaje. Fueron treinta minutos tranquilos, divisando y apreciando el paisaje, y la contradicción entre la riqueza natural y las sencillas casas de madera, llenas de pobreza pero también de mucho espíritu, se llevaban mi pensamiento.

De pronto, uno de nuestros guías y compañeros de trabajo le pidió al capitán de quince años que se detuviera pues habíamos llegado. Nos bajamos con nuestro equipaje en un barranco que era también un lodazal. Lo superé lo mejor que pude, con mi mochila a cuestas, había decidido vivir como ellos durante esos tres días de trabajo, nada de bloqueador solar, ni gafas oscuras ni celulares. Después de caminar unos setenta metros vi la casa de madera de Carmen y Luis, los que serían mis anfitriones.

1 comentario:

Campanula dijo...

Buena historia, uno termina aprendiendo mas de lo q cree, ademas se da por enterado que siempre se puede vivir con mucho menos de que se pensaba.
un abrazo