jueves, 12 de noviembre de 2009

en la selva del putumayo III



Ellos llegaron del Nariño, desplazados por la violencia. Tienen tres hijas entre los siete y catorce años, además de vez en cuando se hacen cargo de la hija de una vecina. Luis trabaja en el puerto como cargador de los botes y Carmen es una líder de su comunidad.

El palafito en que viven  está construido con  tablones  de madera y tejas de zinc, lo que la hace muy caliente en ese clima tan inclemente y húmedo. El interior es amplio y austero, dos habitaciones con camas sin colchones, solamente las tablas, una zona social con una mesa y una marimba de chonto que han construido con la comunidad para ayudar a los jóvenes a tener otras actividades diferentes a la de raspachines de coca y una cocina en donde la estufa de leña nos hace llorar cada vez que la encienden, debido al humo que llena la casa. No está de más recordar que es muy probable que en pocos años desarrollen enfermedades en los pulmones, incluso cáncer por este motivo.

No tienen baño, a unos cincuenta metros de la casa, tras una ladera, tienen una letrina a la intemperie. El río les sirve para bañarse y para suplir el agua de consumo. La tarea de recoger el agua es llevada a cabo por las niñas. No tienen energía eléctrica, en la noche se iluminan con velas.

La comida está basada en arroz y yuca, tenían huevos y carne, pero porque consideraban que debían tener una atención con nosotros, los invitados. A pesar de la incomodidad y el riesgo para la salud que puede ser la estufa de leña, el sabor de la comida es incomparable, el café cerrero (endulzado con panela) es un sueño que no se tiene en las ciudades.

Se levantan a las 5 de la mañana (se acuestan a las siete de la noche) y comienzan su rutina diaria. Luego del desayuno, Luis lleva a las niñas a la escuela, primero caminando y luego en bote. Después, si le han confirmado que hay trabajo, se va al puerto, de lo contrario regresa a su casa. Me llamó la atención su responsabilidad como padre, es algo a lo que ya no estamos acostumbrados, los hombres son cada vez menos padres.

La situación me consternó, estas familias viven en el siglo XIX, están aisladas casi por completo ¿y se atreven a decirme que el país está mejor?, ¿que la seguridad democrática es de puta madre?, ¿que somos civilizados?, ¿que la democracia goza de buena salud?. Pues a la mierda, no estoy de acuerdo. En  2002 viví algo similar en Nueva Venecia en la ciénaga grande del Magdalena, no veo el cambio.

Sin embargo ellos parecen no estar padeciendo, incluso se les ve agradecidos, y siguen siendo una familia articulada y rebosante de amor, son transparentes y su espíritu está sano.

Aun me faltan dos días.

2 comentarios:

Campanula dijo...

Bueno, es que los poderes están mal divididos, y acá en Colombia los ricos cada vez tienen más y los pobres tienen menos, pero por lo menos aun
queda el amor

Basurero Usurero dijo...

Dejadlos ser a esa gente, no hay que tratar de insertarlos en el siglo XX; son felices, no les arruinemos su felicidad con cambios drásticos, no lo hagamos por favor.