jueves, 25 de febrero de 2010

el fundamentalista de la cuadra - primera parte-

Lo conocí a los siete años en el paradero del bus del colegio. Al día siguiente a las seis de la mañana, mi madre se asustó pues un niño gritaba mi nombre  a los cuatro vientos por la calle, cuando salimos para ver que pasaba, al verme, tan solo dijo -quería saber donde vivía usted-.

En el colegio siempre fue buen estudiante, era uno de los primeros en estrenar padres divorciados. Por esa razón, además de ser hijo único, nunca tuvo carencias de ninguna índole, era un niño mimado, lo que no significa malcriado.

En primero de bachillerato (así era en ese tiempo) me fui a otro colegio y también del barrio. Dejé de verlo hasta seis años después que volvimos a nuestro primer hogar.  El futuro era brillante para el, a diferencia mía  no había reprobado ningún año y era más alto que yo. A pesar de vivir en la misma cuadra no nos veíamos con frecuencia. Decidió estudiar odontología, pero un  par de semestres después cambió a comunicación social. Se hizo locutor en una afamada emisora juvenil y antes que en mi cerdito de barro cayera alguna moneda, en su billetera el acariciaba cinco melones por mes, alrededor de tres mil dólares (hace quince años era un supersueldo... aun lo es). Luego de un par de años se fue a vivir a Londres por un año.

Cuando regresó tenía planeado retomar su vida anterior, sin embargo las cosas cambiaron, en la emisora ya no había lugar para el, pero parecía tranquilo y confiado pues la vida no se había tomado la molestia de abofetearlo.

Pasaron dos o tres años y seguía sin trabajo, pero eso parecía no importarle, su vida no había cambiado demasiado, y cuando eso sucede es muy probable que el ser humano decida que es un buen momento para desarrollar la espiritualidad. Y ahí comienza la historia.

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