miércoles, 3 de noviembre de 2010

hace 168 horas fugaces

Cuando llegué me prometieron un cielo plagado de estrellas fugaces pero no vi ninguna, aunque por fortuna la luz de las velas no hacía escapar a las que no tenían por norma fugarse. La primera noche la pasé bajo un mosquitero averiado intentando dormir con la ropa puesta. Faltando poco para las seis de la mañana alguien llamó a la puerta de la casa-escuela donde estábamos, los dueños abrieron y escucharon decir al mensajero que la actividad que habíamos planeado para el día se cancelaba pues el otro ejército estaba en el caserío y pensaba reunir a la gente del pueblo, además estábamos obligados a asistir, nos esperaban a las ocho.

Me levanté asustado, no me bañé ni desayuné. Mientras esperaba el momento del encuentro uno de los milicianos se acercó a la cocina donde tomaba un vaso de agua con valeriana que me dieron para tranquilizarme. Me saludó amablemente y me hizo algunas preguntas, luego se fue.

Ya en la plaza del pueblo donde se llevaría a cabo la charla, los habitantes del pueblo me miraban continuamente, eso me preocupaba, pensaba que terminaría en uno de sus campamentos sin ver a mi gente en mucho tiempo. La charla duró siete horas, ellos hablaban frente a ochenta personas que no podían irse del lugar.

Durante esos momentos pensaba en donde estaría en veinticuatro horas, intentaba vencer al miedo y lo conseguí un par de veces, pero las miradas de la gente y los milicianos me hacían dudar. Había tres opciones: que me autorizaran realizar las actividades educativas que llevaría a cabo con los niños y los jóvenes; que no me lo permitieran y me ordenaran salir de inmediato o que me llevaran con ellos.

Tampoco pude comer el almuerzo comunitario que ellos ordenaron preparar a la gente, tomé una bolsa de agua que pagué con unas monedas, aunque en el lugar pagan con gramos para no desperdiciar el dinero.

Al final de la tarde terminaron la reunión y quisieron hablar conmigo, preguntas sencillas, respuestas verdaderas, notaban el pavor que me acompañaba, aunque intentaba sacudirlo de cuando en vez, los miré a los ojos, eran campesinos no asesinos, y autorizaron que continuara con mi trabajo, respiré algo aliviado, pero no completamente, sólo podría hacerlo cuando estuviera en casa.

Cuando llegó la noche compartí un momento con un profesor y su familia, mirábamos el cielo estrellado, yo pensaba en la belleza del lugar, ellos me decían que era el infierno y tendrían que seguir allí. En un momento, mientras miraba el piso, ellos gritaron de alegría pues vieron una estrella fugaz, me la perdí.

Al día siguiente durante las tres horas en lancha que duraba el viaje que me sacaba del interior de la selva, pensaba  en lo que estaría haciendo en un día, en dos... la semana entrante, y aquí estoy, escribiendo, lejos de ellos, que siguen allí, como una estrella fugaz que no volverá, y a pesar de respirar aliviado no es motivo de orgullo.

2 comentarios:

Gabriel Cruz dijo...

Aguijon, mal plan que la experiencia no fuera lo que deseabas, las comunidades pueden ser raras, qué forma de protegerse del mundo exterior, quizá demasiado pero bueno, quizá por ello han logrado preservar sus costumbres pese al delirio de los tiempos actuales :/
¡¡Saludos!!...

STAROSTA dijo...

Buenas tardes

Con permiso

Bueno, antes que nada, perdon por meterme en su blog sin permiso.

Esta publicacion me parecio, un retrato mas de algo que se vive en este pais como un virus que se extiende, como dice la cancion. Me quedo con la frase "pues el otro ejército estaba en el caserío" suena inocente, pero es tremenda.

UN SALUDO. NOS LEEMOS

STAROSTA
(UN PRODUCTO DE SU IMAGINACION)