lunes, 29 de agosto de 2011

desvarío de una oveja encarrilada

La exigencia personal ha sido una constante en mi vida, siempre he creído (y lo sigo creyendo) que con un poco más de esfuerzo puedo hacer mejor lo que me propongo; no está de más decir que eso trae consecuencias no del todo gratas, como altos niveles de crítica (personal y no tan personal), y algunos daños colaterales que tan sólo quien conviva conmigo puede ver claramente, en fin siempre quedan cicatrices.

Cuando entré a la universidad esperaba altas cuotas de disciplina y esfuerzo, ataques constantes a mi capacidad intelectual, además de sangre, sudor y lágrimas durante el proceso, pero a cambio encontré altos niveles de mediocridad, ego desbordado, y muchas vistas gordas y miopes. La respuesta fue el desinterés y la frustración por la carrera que había elegido como fuente de mi prometedor futuro, y me dediqué a tocar rocanrol sin vestirme de cuero ni taches. Luego de un año de devaneos con la música, el mercadeo y la publicidad, decidí regresar a terminar lo que había dejado comenzado, pues no toleraba dejarlo a medias, a pesar de todo.

Casi dos décadas después regreso a la misma alma mater como profesor (declaro que no tengo la vocación de maestro) dejando que el destino me juegue una broma macabra, pues siempre critiqué a mis educadores universitarios como mediocres que nunca consiguieron el éxito en la vida profesional, razón por la cual eran catedráticos y no profesionales a carta cabal. A mi favor debo mencionar que mi experiencia laboral fue decisiva para conseguir el trabajo, aun así me preocupa lo que dice el refrán "la lengua es larga y azota el culo", por lo tanto el reto que se presenta a mi disciplina y exigencia hace que la oveja (de noche todas las ovejas son pardas) descarriada vuelva al redil, pero aullando, solo por incordiar, eso si con toda la humildad de la que es capaz un buen lobezno dispuesto a cambiar el rumbo de su destino, a ver si termina (de una vez por todas) con tanta broma macabra.


martes, 23 de agosto de 2011

julio 15/97

Una entrada de mi cuaderno hace catorce años:

El temor a terminar siendo una imitación, de no existir por tal motivo, por más tiempo del que uno mismo pueda generar una razón de ser.


Se siente como gusanos que suben por el estómago devorando a su paso el tiempo, la pasión, el deseo.


Tener la esperanza de que el deseo renazca a diario, lleva al temor de que no sea de esa manera. ¿Vale la pena luchar? Por lo menos es mejor que no hacerlo.

lunes, 15 de agosto de 2011

de la economía mundial en mi vida

Los países con dinero del planeta llevan ya un par de años preocupados por la caída de las bolsas, hace un par de semanas Italia y Francia dieron parte de dolor en la billetera y la alharaca no ha dejado de sonar cual sonajero de bebé inquieto. Hay quienes dicen que los bancos se van a quebrar en mil pedacitos que no vale la pena recoger del suelo, otros se lo atribuyen a los mayas y el 2012 (claro, para los millonarios eso es el fin del mundo conocido), lo que tengo claro es que el asunto hará historia... y me tiene sin cuidado.

Poco o nada entiendo de economía, excepto que no tengo tanto dinero como los Rothschild, que mis activos se reducen a mis guitarras y que debo encontrar la manera de darle la mejor vida posible a mi hija, que vivo en un país con altos índices de pobreza y violencia, que las oportunidades son pocas, que los años se forman en montones frente a mis ojos y que mi espalda sangra adornada con varios puñales puestos ahí por personas que recibieron mi afecto y confianza. ¿Les suena conocida la historia?

Quienes somos latinoamericanos sabemos bien como sobrevivir con lo que en otras latitudes sería considerado como migajas ¿para qué carajos me sirve la economía entonces? Las inversiones que tengo reposan en mis sueños (tamaño tarado, dirán ustedes) que por fortuna no han sido secuestrados por el miedo a perder mis pocas pertenencias.

Siempre preferiré un atardecer arrebolado tomando té junto a mi hija que masticar billetes, al fin y al cabo en  el tiempo que lleva suspirar todo se puede ir a la mierda, excepto el amor.

lunes, 8 de agosto de 2011

un salón vacío en buenos aires

Decir que Buenos Aires es una ciudad encantadora es un pleonasmo, la caminé lo más que pude, de la misma manera hipnotizadora que se hace el amor las primeras veces, hice mi mejor esfuerzo por probarla palmo a palmo, excepto claro está, los barrios de alcurnia, que dejé de lado pues no me apetecían de la misma manera que las calles descritas por los tangos.

Sin embargo tampoco encontré esas calles, aunque bello, caminito me pareció postizo, y no logré sentirme malevo como me lo pedía la imaginación, casi lo consigo en el puerto de la boca, de haber besado una boca de carmín en el puerto, la historia sería diferente.

No es que buscara los Buenos Aires de hace cien años, tan tontito no llego a ser, quería encontrar la ciudad del porteño, no del turista. Por fortuna, gracias a un amigo, di con una música rubia de ascendencia polaca que fue la cómplice de nuestro capricho de ver bailar tango a la vieja usanza, no el acrobático de mallas que se ve por la calle (que no me molesta en lo absoluto, dicho sea de paso).

Nos advirtió que el barrio no sería el mejor (lo que me dio buena espina), y con suma delicadeza nos pidió que no actuáramos como turistas pues era un lugar donde los porteños preferían estar a solas, eso no se lo pudimos asegurar pero prometimos mantener la boca cerrada.

Llegamos a eso de las nueve de la noche, un lunes, pues el ritual se celebra semanalmente, la pista era de un tamaño generoso, alrededor las mesas vestidas con mesura acogían a un público que yo encontré muy similar al de los transeúntes, excepto (debo aclarar) por la belleza de las mujeres que lentamente y con gracia cambiaban sus zapatos de calle por los de bailar tango, no niego que me di un estupendo festín fetichista al ver pies tantos pies delicados y desnudos calzando esos tacones altos, una vez se ponían de pie comenzaba la magia, ya no eran las mismas mujeres que había visto unos segundos antes, ahora eran fieras de una belleza que paralizaba, sentí temor y de alguna manera sentí que comprendía a los malevos de antaño, no es una situación fácil intentar conquistar a estas mujeres.

Y durante unas horas las vimos bailar, y nos enamoramos secretamente de sus miradas, de su pelo, de sus manos. En uno de los descansos entre canción y canción, ella pasó por cada mesa dejando una hoja con sus poemas, tendría unos sesenta años y no bailaba, le di el poco dinero que pidió por esa hoja que hoy encontré por casualidad entre mi desorden de papeles.

Esa noche quedé inquieto ante tantas emociones que ahora parecen lejanas. Tal vez ella baila únicamente cuando el salón está vacío.

miércoles, 3 de agosto de 2011

y que al final me escupa el mar

Hay situaciones en la vida, por absurdas e injustas que puedan parecer, en las que debes entender que no estás al mando, y el ego se agita intentando imponerse, pero no es la solución, en esas ocasiones debes entender que no eres pusilánime por quedarte inmóvil pues la lucha no te dejará vivo.

Un amigo surfista me dijo hace mucho tiempo que cuando una gran ola (recuerdo que en ese momento dijo tsunami, pero imagino que no será como los de japón o indonesia) lo derribaba de su tabla él recomendaba no luchar contra el mar, ni siquiera intentaba nadar, pues hacerlo lo podría llevar al fondo, tan sólo mantenía la calma y administraba el poco aire que había en sus pulmones, esperando que el mar finalmente lo escupiera a la superficie.

Por éstos días no ando de ánimo para luchar contra las enormes olas que sacuden mi existencia (por fortuna existen las sirenas de los chats que me han cantado tranquilizándome), e intento poner en práctica el consejo de mi amigo de infancia y en lugar de hacer olas he decidido esperar hasta que al final me escupa el mar, espero que sea cerca de alguna costa