lunes, 8 de agosto de 2011

un salón vacío en buenos aires

Decir que Buenos Aires es una ciudad encantadora es un pleonasmo, la caminé lo más que pude, de la misma manera hipnotizadora que se hace el amor las primeras veces, hice mi mejor esfuerzo por probarla palmo a palmo, excepto claro está, los barrios de alcurnia, que dejé de lado pues no me apetecían de la misma manera que las calles descritas por los tangos.

Sin embargo tampoco encontré esas calles, aunque bello, caminito me pareció postizo, y no logré sentirme malevo como me lo pedía la imaginación, casi lo consigo en el puerto de la boca, de haber besado una boca de carmín en el puerto, la historia sería diferente.

No es que buscara los Buenos Aires de hace cien años, tan tontito no llego a ser, quería encontrar la ciudad del porteño, no del turista. Por fortuna, gracias a un amigo, di con una música rubia de ascendencia polaca que fue la cómplice de nuestro capricho de ver bailar tango a la vieja usanza, no el acrobático de mallas que se ve por la calle (que no me molesta en lo absoluto, dicho sea de paso).

Nos advirtió que el barrio no sería el mejor (lo que me dio buena espina), y con suma delicadeza nos pidió que no actuáramos como turistas pues era un lugar donde los porteños preferían estar a solas, eso no se lo pudimos asegurar pero prometimos mantener la boca cerrada.

Llegamos a eso de las nueve de la noche, un lunes, pues el ritual se celebra semanalmente, la pista era de un tamaño generoso, alrededor las mesas vestidas con mesura acogían a un público que yo encontré muy similar al de los transeúntes, excepto (debo aclarar) por la belleza de las mujeres que lentamente y con gracia cambiaban sus zapatos de calle por los de bailar tango, no niego que me di un estupendo festín fetichista al ver pies tantos pies delicados y desnudos calzando esos tacones altos, una vez se ponían de pie comenzaba la magia, ya no eran las mismas mujeres que había visto unos segundos antes, ahora eran fieras de una belleza que paralizaba, sentí temor y de alguna manera sentí que comprendía a los malevos de antaño, no es una situación fácil intentar conquistar a estas mujeres.

Y durante unas horas las vimos bailar, y nos enamoramos secretamente de sus miradas, de su pelo, de sus manos. En uno de los descansos entre canción y canción, ella pasó por cada mesa dejando una hoja con sus poemas, tendría unos sesenta años y no bailaba, le di el poco dinero que pidió por esa hoja que hoy encontré por casualidad entre mi desorden de papeles.

Esa noche quedé inquieto ante tantas emociones que ahora parecen lejanas. Tal vez ella baila únicamente cuando el salón está vacío.

2 comentarios:

Minuet dijo...

Me ha gustado mucho esta vivencia, haces que una se transporte allí...

Buenos Aires y su aura de pasión y decadencia casi melancólica, invita a soñar y a amar, desde luego...

Me he sentido como una de esas mujeres que se calza sus tacones, (me gustan rojos) y baila esos tangos, como en la película "Esencia de mujer" (la escena de Pacino)... es bestial...

La anciana, seguía bailando tango por dentro y a solas posiblemente llenaba la pista con su belleza aún no marchita...

Mira, para ti y tu grupo (bailemos tango):

http://youtu.be/-Eeq8_Nu5EE

Besazo

Gabriel Cruz dijo...

Y vaya que la probable situación de ella deja una historia en el aire, supongo que usted más cercano a ello por el texto en la hoja que te ha dejado ¿qué será, será? :|