domingo, 27 de mayo de 2012

el grito del domingo

Me gusta estar callado, me hace parecer doblemente inteligente. Además el silencio genera esa suerte de misterio (ya sea verdadero, ya sea falso) que le gusta a las mujeres que me gustan, y eso no está nada mal. Tímido no soy, o digamos que cada vez lo soy menos, prefiero ser reservado, o por lo menos me gusta actuarlo.

El último año la vida ha dejado ver su generosidad en el momento menos apropiado... como siempre. Llegar a casa es sinónimo de silencio budista. Si le funcionó a Leonard Cohen tal vez a mi también. Antes me dedicaba a abrir la boca generosamente ladrando para los atarbanes. Sin embargo el giro dramático de primer acto de mi vida, las nuevas responsabilidades y la nueva situación han hecho que deba dejar de lado, temporalmente, mi labor de cantante.

Los domingos son los más extraños. Aunque tengo televisor ya no tengo televisión, cancelé mi suscripción al comienzo del año para poder dedicarme a la escritura y al trabajo como es debido. Para mi sorpresa no la extraño. Así que me levanto el séptimo día entre seis y siete de la mañana (si, es el día para dormir tarde) y me dedico a lecturas atípicas como el Ulises de Joyce. En buena medida lo leo en voz alta, tiene más gracia, en ese momento me doy cuenta que estoy aquí, en el 1402, y me extraño al oírme. De vez en cuando alguien me saluda en el chat y aprovecho para "hablar y gritar" un poco.

domingo, 13 de mayo de 2012

de mi gusto por los patos malgeniados

Por estos días en que soy profesor universitario, he notado con claridad que la grieta en la diferencia de edades se ha convertido en la tradicional brecha generacional. El asunto en sí me tiene sin mayor cuidado, hasta que pienso en mi hija.

Cuando hablo con mis alumnos acerca de sus gustos en el cine o en las series de televisión, encuentro que no hay ingeniero que construya el puente que nos comunique. Yo no soy de la época de los zombies, y aunque crecí con el Thriller de Miguelito Jackson no soy de los que hacen la coreografía cada vez que escuchan la tonadilla. Tampoco puedo dar razón del manga japonés y sus guiones escritos por orientales que han caído bajo en el uso de sustancias psicoactivas, excepto por el gato cósmico, que imagino no entra en el ¿género? del manga. Soy de los que usan chaleco.

Si tuviese que hacer un inventario de mis gustos en ésas zonas de la infancia-adolescencia comenzaría por decir que me crié viendo patos malgeniados que hicieron mis delicias. Para comenzar me voy con un conejo, ¿recuerdan a Bugs Bunny trasvestido intentando huir de Elmer?, al pato Lucas escupiendo blasfemias políticamente incorrectas a los cuatro vientos? Pátula hizo historia ya entrado en mi veintena, era de Charla obligada con otros estudiantes de cine. Incluso el pato Donald es el menos edulcolorado de los personajes de Disney.

Pues ahora debo decir que hay un nuevo palmípedo que ha entrado a la lista de los elegidos, y por suerte para mi a R, mi hija, también le cae bien (cero brecha generacional... de momento). Su nombre no dice mucho: Pato. Es uno de los amigos de Pocoyó. Es neurótico, compulsivo, malgeniado y encantador. Seguramente R me ve retratado.

Les dejo un video para que se enamoren de mi... de él. Nótese la calidad del baile de Pato, me identifico completamente con su forma de azotar baldosa, especialmente del minuto 2.30 al 3.04 del siguiente video.

martes, 8 de mayo de 2012

vos sos una mala influencia

Acepto que la vida gangsteril tiene un misterioso encanto para mi. Me refiero a la de las películas, porque la de la vida real me parece cursi en exceso. La escena de Tener y no tener donde Lauren Bacall le dice a Humphrey Bogarth (su futuro esposo) que tan solo silbe si la necesita es, en mi opinión, de una dulzura tan sexy que roza con gracia la pornografía soñada. El porte, la mirada, la ceja arrogante, la sonrisa endiablada lo suficientemente despectiva como para convertirse en un reto, hacen despertar en mí el deseo de que alguna guapa quiera ensayar conmigo esa escena.

Pues los sueños se hacen realidad, cuando les da la gana. Para mi fortuna la guapa existe. Para mi desmesura no tiene nada que envidiar a la Bacall. Alta, sinuosa, curvilínea, dueña de una belleza propia de la década de los 50, Betty Page, Elizabeth Taylor, Sofía Loren son del mismo tipo. No exagero. La mirada arrogante, la nariz perfecta, la boca porno soñada, adornada con un provocativo lunar sobre el labio, el cuello digno de ser mordido mil veces por un pálido vampiro de sangre azul, ¿he dicho alguna vez que un cuello perfecto que desemboque en unos hombros con linea de Studebaker me desarman? El busto, el torso y la cintura (que alguna vez se vio estropeada por un accidente serio de columna, según me confesó) son como el Studebaker en marcha, arrolladores. La cadera y las piernas son heredadas de ancestro negro, aunque sea blanca de porte, es negra de familia. En resumen es un encanto.

Pero no todo es perfecto, y eso hace que sea mejor. Nos hemos hecho confidentes. Los dos sabemos que lo hacemos porque buscamos descifrarnos mutuamente. Ambos nos sabemos infieles, inseguros e inestables, amantes del movimiento que únicamente se encuentra en el desequilibrio. Esos caminos habitualmente no tienen buen final, lo sabemos, y en el fondo queremos cambiar el final de la película. El riesgo siempre es elegido, siempre valdrá la pena.

Hace unos días, cuando acabó la clase, le pregunté si quería... no me dejó terminar la frase mientras que su mano izquierda jugaba con un mechón de mi pelo que llega a los hombros, con la derecha su dedo índice me señalaba como un revólver buscando su objetivo y sus labios enmarcando una sonrisa pícara gesticulaban sin emitir sonido alguno: "vos sos una mala influencia", en un caleño perfecto.

Puedes morir tranquila Lauren, tu reemplazo ya llegó, Bogarth confía en mi plenamente, la escena se repitió, ya veremos si sucede lo mismo con el final a pesar de que la época ha hecho degenerar a los gangsters en palurdos lavaperros de gatillo fácil.

Sí, estoy asustado.