domingo, 13 de mayo de 2012

de mi gusto por los patos malgeniados

Por estos días en que soy profesor universitario, he notado con claridad que la grieta en la diferencia de edades se ha convertido en la tradicional brecha generacional. El asunto en sí me tiene sin mayor cuidado, hasta que pienso en mi hija.

Cuando hablo con mis alumnos acerca de sus gustos en el cine o en las series de televisión, encuentro que no hay ingeniero que construya el puente que nos comunique. Yo no soy de la época de los zombies, y aunque crecí con el Thriller de Miguelito Jackson no soy de los que hacen la coreografía cada vez que escuchan la tonadilla. Tampoco puedo dar razón del manga japonés y sus guiones escritos por orientales que han caído bajo en el uso de sustancias psicoactivas, excepto por el gato cósmico, que imagino no entra en el ¿género? del manga. Soy de los que usan chaleco.

Si tuviese que hacer un inventario de mis gustos en ésas zonas de la infancia-adolescencia comenzaría por decir que me crié viendo patos malgeniados que hicieron mis delicias. Para comenzar me voy con un conejo, ¿recuerdan a Bugs Bunny trasvestido intentando huir de Elmer?, al pato Lucas escupiendo blasfemias políticamente incorrectas a los cuatro vientos? Pátula hizo historia ya entrado en mi veintena, era de Charla obligada con otros estudiantes de cine. Incluso el pato Donald es el menos edulcolorado de los personajes de Disney.

Pues ahora debo decir que hay un nuevo palmípedo que ha entrado a la lista de los elegidos, y por suerte para mi a R, mi hija, también le cae bien (cero brecha generacional... de momento). Su nombre no dice mucho: Pato. Es uno de los amigos de Pocoyó. Es neurótico, compulsivo, malgeniado y encantador. Seguramente R me ve retratado.

Les dejo un video para que se enamoren de mi... de él. Nótese la calidad del baile de Pato, me identifico completamente con su forma de azotar baldosa, especialmente del minuto 2.30 al 3.04 del siguiente video.

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