martes, 29 de enero de 2013

las sonrisas perdidas

Recuerdo que a mis 17 años un profesor del colegio (que sin duda me apreciaba) se burlaba de mi sonrisa constante. Me decía pepsodent, como la marca de crema dental y los compañeros del curso reían, por fortuna nunca hicieron sorna del asunto. Eran los días de las sonrisas gratuitas, espontáneas, fortuitas, que contrastaban con mi eterno ceño fruncido. Las secretarias de mi padre pensaban que yo era malgeniado, y la verdad era que me molestaba mucho ser confundido con una niña (por mi rostro angelical, obviamente). Ellas no sabían aquello de mirada de águila, pecho de paloma y culo de pato. Muy inglés, por cierto.

Con el tiempo dejé de sonreír un poco. Me encerré en mi caparazón para intentar defenderme de las balas perdidas. Sin embargo no era extraño escuchar decir que mi sonrisa me iluminaba (como a cualquiera). El punto es que no había muchas razones para hacerlo. Esa es la razón por la que las mujeres con sentido del humor se llevan mi atención.

El sábado asistí a la boda de la diosa kali. Decidí regalarle un video de la ocasión. Noté que a la voz de ¡fotografía! todos sacaban su mejor sonrisa, y parecían muy felices. Yo, por el contrario , no puedo fingirlas, salí malencarado a pesar de estar rodeado de bellezas solteras (una de las cuales lanzó el anzuelo que piqué de inmediato).

De momento mis mejores sonrisas se las lleva mi hija, que tiene la fórmula para derretir todas las caparazones que me he encargado de esculpir con detalle a lo largo de mi vida. Y debo admitir que estoy volviendo a la forma que tenía a mis dulces 17, las sonrisas pepsodent van fluyendo con mi total anuencia.

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