miércoles, 8 de mayo de 2013

la poesía está a salvo

Luego de la debacle de octubre, cuando el cuando la gran ola del tsunami invocaba la calma pero se llevaba consigo mucho de mi pasado, corrí a buscar refugio bajo el ala de la belleza. Mi memoria, como un huracán,  sacó de cuadro algunos temas que en ese momento no eran esenciales. Sin embargo, la gravedad es una ley implacable que se embellece a si misma cuando permite a las cosas flotar. Y fue en medio de esa lluvia de pétalos que la calma fue tomando forma y encontrando un lugar en diversas formas.

El día del trabajo me reuní con la diosa kali para escribir y pasar el rato. Al llegar me dijo que me tenía una sorpresa. Yo, en mi ingenuidad que roza la taradez, pensé que me haría un baile erótico (aunque luego pensé que tal vez no era posible en un restaurante atestado de cristianos sin nuestras mismas costumbres) o por lo menos me daría un beso de tornillo, de esos que todavía no he podido probar (menos si está casada, claro está). No, nada de eso. Puso una bolsa verde sobre la mesa, estaba atestada de los libros de poesía que le presté antes de la debacle de octubre. Neruda, de Greiff, y Gómez Jattin se habían salvado de naufragar en el par de baúles donde reposa (cual Drácula en su ataúd) mi sencilla biblioteca. Shakespeare y sus sonetos ya no estaría tan solitario en mi mesa de noche.

Me alegré de verlos de nuevo y de saber que habían podido ser testigos de la intimidad de la diosa kali. Tal vez consiga que me digan algo al respecto, aunque lo dudo, mejor no pregunto. Está claro que el tsunami se llevó muchas cosas, pero no todo.

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