lunes, 17 de junio de 2013

dragona de ojos verdes

Tengo por norma no involucrarme con mis estudiantes. Hasta ahora la he cumplido, claro que una vez que dejan de ser mis estudiantes...

La señal está clara, recuerdo como iba vestida el primer día que la vi. Eso fue hace casi dos años, el tiempo pasa en un airbus. Desde entonces ha sido deferente conmigo, charlamos cuando nos encontramos en los pasillos, me cuenta sus cuitas y ríe con euforia. Hace un año me ayudó en un trabajo, iba vestida de negro, con rímel, en tacones y minifalda, yo bebeé.

Hace un par de semanas la llamé para una producción y venimos hablando con más confianza desde entonces. Hemos almorzado un par de veces, fuimos a un concierto de una diva del bel canto  y luego a comer. Nos reímos, vamos a seguir adelantando proyectos. Hacía tiempo que no soñaba con mujeres y ella irrumpió hasta ese punto, bendita sea. No anda en busca de amor, dice ser arriesgada en las relaciones y tiene un romance que no le rompe el mundo.

De momento conservo un poema suyo escrito en una servilleta, la bolsa del té de jazmín barato del barrio chino que acostumbra llevar en su maleta, además de los dulces de jengibre (también del barrio chino) que me recomienda combinar con café. Prometió enseñarme a hacer magdalenas para mi hija. También es estudiante de literatura, así que una magdalena es hablar de  Proust.

Ella tiene 24 años, confieso no estar en la crisis de los cuarenta.


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