lunes, 18 de noviembre de 2013

la morena de valledupar

Es cada vez más evidente que los encuentros no son casuales. Pasé tres días en Valledupar realizando un trabajo, allí la conocí. Estaba en medio del público y luego de que nuestras miradas se encontraran un par de veces pidió que me acercara y preguntó por mi nombre. Dijo que me parecía mucho a un amigo suyo de facebook. Sus ojos verde aceituna mantenían un bella y triste mirada, su piel morena achocolatada envolvía el mestizaje propio de la región, era una mujer muy bella.  Si se tiene en cuenta que mi talón de aquiles se resume a que una mujer manifieste abiertamente su interés en mi, incluso sin ser bella, estaba perdido. Lo manifestó. Yo intenté no ser imprudente y luego de resolver la duda me retiré. Pero un rato mas tarde la encontré a la salida y le pedí su número.

La noche siguiente nos encontramos en el bar Waikiki, un pequeño presagio de la explosión de volcanes, a pesar de estar en el caribe. Indagué en su vida, entramos en confianza rápidamente como es habitual en la región. Confesó que había mentido con aquello de mi parecido con su amigo virtual. Era madre soltera de dos niños y de momento estaba desempleada. Su mayor error había sido el de pertenecer a un grupo paramilitar durante un corto periodo de tiempo, se arrepentía de eso. Yo no la juzgo, no soy quien para hacerlo,está claro que el país está soportado por la fuerza y entereza de las mujeres, de no ser por ellas los hombres ya habríamos acabado con todo, ya es momento de que los hombres aceptemos nuestra parte femenina, la que prodiga afecto y protección indiscriminada.

Fuimos a otro bar e intentó enseñarme a bailar. El baile es el rito de seducción habitual y no soy bueno con eso, así que opté por el carisma y el sentido del humor que ella aceptó con risas francas. Luego de suponer que la estaba aburriendo le ofrecí llevarla a su casa -si eso es lo que quieres- fue lo que respondió -lo que quiero podría resultar indecoroso- le dije. De inmediato le dijo al conductor del taxi que cambiaba los planes y le pidió que nos llevara a mi hotel. Estaba claro que no era yo quien tenía el control, pero no estaba en mis planes negarme a su batuta.

La luna llena estaba preciosa. Yo me sumí en una noche digna de una canción de Sabina.

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