jueves, 2 de enero de 2014

un hámster en la nevera

Fui nadador durante diez años, de los 8 a los 18. Entrenaba dos horas al día mientras mis amigos del barrio median calles. Cuando un campeonato importante se avecinaba duplicaba el entrenamiento y me levantaba a las 3.30 de la madrugada, cambiaba mi cama por una piscina helada, y en Bogotá eso no es cualquier cosa. Muchas veces me pregunté porqué lo hacía. Sin embargo me decía que podía hacerlo. Imagino que de ahí devino mi (en ocasiones) ego bien alimentado y mi optimismo naif. Mientras nadaba tres mil metros para calentar, entraba en un modo automático que me gustaba, no pensaba ni sentía cansancio, parecía que el cuerpo se movía solo. Ahora vengo a entender que es un estado muy parecido al de la meditación profunda.

El último año ha sido así, movimiento continuo, como un hámster corriendo en su rueda. La diferencia radica en que a pesar de correr en el mismo lugar he llegado muy lejos. Sí, la vida puede ser una paradoja. Ahora me bajo de la rueda para conocer el destino al que he arribado. Descifrar el dédalo que es uno mismo puede ser muy entretenido, a pesar de estar en la antártida.


2 comentarios:

HADA POLE BOWMAN dijo...

que nota después de tanto rato sin pasar por aquí leer... estoy viniendo seguido a Bogota y de vez en cuando hacemos tertulias para leernos... a ver si algún día.. nos vemos.

Gabriel Cruz dijo...

Y que padre que asi sea mi estimado Aguijon, nada como conocer en pleno la vida y lo que comentas deja ver que haz mucho de ello en estas ultimas fechas ¡va buena vibra!