sábado, 12 de julio de 2014

intro-versión

El silencio es una fuente de poder inagotable. Recurro a él con frecuencia y sin ambages. En ocasiones él se acerca a mi, hasta que mi hija me pregunta -¿no quieres hablar?- por supuesto que si quiero hablar, en silencio estoy a gusto pero hablando contigo aun más. Luego llego a casa, que es donde también habita el silencio, no están sus risas más que en mis pensamientos que reverberan por doquier y le dan color a mi vida en aislamiento de monje zen con libido generosa.

Soy introvertido y me gusta. Pero cuesta. Alguna vez un profesor español que estaba de visita en casa de unos amigos me dijo con gracia -eres tan callado que hasta pareces inteligente-. Me gusta escuchar y observar con detalle. A muchos les incomoda mi mirada porque los hace sentir cohibidos. Sin embargo con las mujeres funciona diferente, a ellas no parece disgustarle, asumen que las halago porque pareciera que me fijo en ellas, cada cual piensa lo que le conviene. Con esa mirada tuya, tan fuerte- me dijo alguna vez una actriz. La kika (así me decía la bella pintora que ahora vive en Alemania) te atraviesa con la mirada hasta descifrarte-. Lo importante es poder cerrar los ojos y sentir la presencia de mi hija.

En su libro "El poder de los introvertidos" Susan Cain dice que estudios han demostrado que la piel de los introvertidos es más delgada, razón por la cual sienten con mayor facilidad y reaccionan al estímulo. Da igual si el estudio tiene razón o no, lo cierto es que la sensibilidad es como el fuego, forjando el carácter. Aunque en muchos escenarios parezca extrovertido y dueño de mi vida debo confesar que la verdad es otra.