domingo, 1 de febrero de 2015

en la tierra de mamá tingó

Las fiestas de fin de año no se asomaron por mi vida el año pasado, en su lugar surgió una oportunidad de trabajo que no podía dejar escapar. Así que llevo un par de semanas buscando el nuevo mundo que Colón encontró cuando salió en busca de las Indias.

Me gusta vivir los países como ciudadano de a pie, no busco hoteles con bar ilimitado, centro comercial incluido y señoritas a precio de ocasión. No lo digo por quedar bien, sino por dejar a un lado la matriz mental que los budistas definen como Maya. Mi trabajo me permite pasar algunas semanas conviviendo con la gente, y eso lo agradezco porque es recordar que éste planeta es como una escuela para aprender a despertar la conciencia.

En la Quisqueya la empresa que me contrató me aloja en un apartamento de lujo, en un barrio tipo Miami, donde las torres de apartamentos de 300 metros cuadrados cada uno interrumpen el horizonte. A pesar de eso he disfrutado amaneceres fantásticos en un balcón más grande que mi apartamento en Bogotá. Allí apenas paso la noche porque el resto del día voy a los barrios marginales a trabajar con niños. Todo es pagado por una ONG gringa, colmada de niñatos arrogantes con maestrías en economía que se alojan en hoteles con bar ilimitado y centro comercial incluido (cuando van a la isla) que consideran estar haciendo una acción loable y así calman su conciencia, aunque no la despiertan.

Aquellos gringuillos ni se asoman por los barrios donde yo he ido a diario, tal vez sea por temor, pero yo creo que es por desinterés. Ellos creen conocer el mundo a partir de diagramas de indicadores y falacias técnicas más engañosas que el Maya budista. Lo peor es que sus asesores residentes en la isla tampoco conocen esos barrios y tienen enormes prejuicios en contra de sus habitantes, claro que todo lo llevan con la doble moral del caso, algo similar a algunos tipos de diplomacia internacional.

Yo me he encontrado con gente muy parecida a la de mi país, pero sin la agresividad que nos caracteriza. Me da gusto escucharlos hablar usando correctamente las palabras, sin darles giros de sentido para parecer intelectuales o graciosos, algo que en Colombia es prácticamente la norma. Los valores humanos se tienen en cuenta, la honestidad, la confianza, la amistad, la hospitalidad, en ésta tierra son mas cercanos a las que define el diccionario.

A pesar de algo de escasez no hay pobreza espiritual en la tierra de Mamá Tingó.



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