domingo, 29 de marzo de 2015

el anacoreta del altillo

Algunos años de mi adolescencia los viví en el altillo de la casa número 71 del barrio. Allí me sentía a gusto por cierta independencia que me brindaba el estar ligeramente aislado del resto de la familia.Se subía por una escalera de madera, el piso estaba cubierto por yute y tenía una pequeña ventana que iluminaba el lugar. Allí tenía un escritorio, algunos libros, un mini-televisior y por supuesto la radiola que había pertenecido a mamá, la radio y los casetes, junto a un pequeño gimnasio.

Con frecuencia mi padre me llamaba la atención por no compartir tiempo con ellos, su arrogancia no le permitía entender que él había destruido el significado de la familia. Mamá siempre estaba pendiente de mi, me llevaba la comida y me permitía ser.

Al día de hoy las cosas no han cambiado mucho, llevo una vida familiar sana e intensa que me llena de alegría. Aun así sigo viviendo como aquel anacoreta del altillo, pero con independencia y autonomía. Vivo en un estudio al que prefiero llamar taller, rodeado de instrumentos, libros, un pequeño gimnasio, y cuatro computadores para grabar, crear, informarme y entretenerme. Me gusta pensar que soy un hombre del renacimiento, un diletante del siglo XXI que con la ayuda de las máquinas y la comunicación global intenta romper a zarpazos el velo del tiempo lineal.

Sin embargo debo enfrentar el cambio.

1 comentario:

kika dijo...

Que bkn tener un lugar así en la infancia!! Nosotras somos 4 mujeres y crecimos apiñadas, aunque hoy agradezco eso, porque también son las mejores amigas que tengo en la vida...seguro me habría gustado tener una lugar así para mi.