sábado, 30 de mayo de 2015

de pie

Es curioso cómo las situaciones se repiten en la vida, eso me hace suponer que aún no he superado algo o que no lo he aprendido del todo. Sin embargo no encuentro que la solución sea evidente y la duda comienza a bailar a mi alrededor.

Durante éste año me he encontrado con que algunas personas esperan que me comporte según su mandato, la madre de mi hija pasa por alto todas las normas de comunicación lo que va en detrimento de la formación de la nena, todo porque considera que al ser mujer tiene alguna clase de poder supremo concedido por los dioses ciegos de la rabia y el resentimiento, y que eso a priori hace que las madres estén por encima de los padres. En mi defensa puedo decir que no puedo permitir que mi hija sea la afectada, así que me mantengo de pie.

Un tipo me contrató para hacer un trabajo bastante complejo en muy poco tiempo. Al final todo salió  mejor de lo esperado y me llama para decirme que le pareció estupendo el trabajo, que fue aceptado  con gusto y sin quejas por un cliente intransigente y complicado. También me dice que le gustaría volver a trabajar conmigo pero que quiere pagarme menos de lo acordado porque a él se le da la gana. Le digo que no permito generar dudas sobre mi trabajo, pues pretende hacerme sentir mal (por algo que hice bien) para que yo acepte que se burle del contrato firmado. Así que me mantengo de pie, con la cabeza en alto y la mirada en sus ojos pues no tengo nada que ocultar.

Por otra parte hay un tipo con complejo de Napoleón (sí, es corto de estatura, calvo y megalómano) que pretende ser mi jefe en la universidad. Me llamó para exigir un proceso que sacó de entre la manga, le contesté que lo haría pero que no estaba de acuerdo. Apenas es un coordinador pero el considera que puede hacer lo que le venga en gana, incluso tirarme el teléfono y colgar sin despedirse además de exigir que todo se debe hacer como el diga. Decido mantenerme en pie, con la frente en alto y exigiendo los derechos conseguidos en 1789 por los franceses cortacabezas.

La conclusión a la que llego es que si no hago daño a nadie tampoco puedo permitir que me hagan daño a mi. Es preciso defenderse, y no disparar porque si. Las decisiones ya no son inmediatas y acaloradas, por el contrario, sopesadas con la cabeza fría... que algo se aprende en la vida.

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