miércoles, 15 de julio de 2015

faena en el 403

Por éstos tiempos la intimidad y el exhibicionismo van de la mano, incluso sin quererlo en cualquiera de los dos casos. Hace un tiempo publiqué la historia de los padres de Valentina, originada por las construcciones modernas que hacen de las paredes un obstáculo visual, pero no auditivo; ahora todo se oye, para bien o para mal.

Ese asunto me trastorna un poco cuando quiero grabarme cantando para alguna de las canciones de los atarbanes. Al saber que los vecinos me pueden estar escuchando mi timidez entra en acción y ¡cataplum! Pero saco fuerzas y algún descaro para conseguir grabar la pista.

Hace un par de semanas una pareja se mudó al 403, justo encima de mi apartamento. Desde entonces escucho los tacones de la mujer, debe estar entre los 25 y 30 años, que no dejan de sonar en mi techo... entre otras cosas. No entiendo porqué no se los quita cuando llega  al diminuto hogar como hace cualquier mortal, y más si son de puntilla. Lo mismo sucede a eso de las 5:30 de la madrugada cuando imagino que se alista para ir al trabajo. Por suerte a esa hora ya estoy despierto, dispuesto para la meditación y luego algo de ejercicio.

Sin embargo la madrugada del martes fue diferente, un golpe seco y brillante hizo que mis párpados retomaran su movimiento rítmico al que me tienen acostumbrado cuando están de vigilia. De inmediato el sonido se convirtió en zumbido, un leve y agudo traqueteo como de vibración rítmica, como de cepillo de dientes encendido y bailando en piso de baldosa. A la composición sonora se sumaron unos golpes como de pata de cama cuando se salta sobre ella. La confusión del despertar apresurado me impidió comprender la situación hasta que una serie de gemidos de mujer me iluminaron la entendedera. No fueron más de tres minutos de faena hasta que la escuché reir. Un momento después el zumbido vibrante también se detuvo.

La verdad es que la situación no me incomodó. Por el contrario, los felicité y casi aplaudo, pero me contuve para no despertar a los padres de Valentina. Les agradecí por hacerme vivir por primera vez en mi vida una escena fofa de película de segunda. Sin embargo ahora no podré saludar a mi nueva vecina sin pensar que antes de saber su nombre ya sabía como gemía durante las faenas. La verdad espero que se vayan pronto. Mejor aún, me quiero ir yo primero.


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