miércoles, 8 de julio de 2015

por la boca muere el piscis

La belleza de la señorita Gardner me atrapó desde el primer momento, incluso antes de conocerla. Ella y dos cantantes de ópera más se quedarían en el apartamento de un conocido que no podía recibirlas el día de su llegada y tuve a bien reemplazarlo en el asunto por una suerte de corazonada. Esa noche, cuando bajó del taxi blanco como carroza, noté que la fotografía que tenía para reconocerla no era falsa.

La señorita Gardner

Casi no cabemos los tres en el elevador porque su compañera tenía la tradicional contextura de las cantantes de ópera. Ellas ya estaban informadas de que, ¿por casualidad?, yo haría parte de los eventos a los que ellas asistirían, ¿entonces seremos tus estrellas? preguntó. Luego me ofreció excusas por la tardanza, a lo que repuse en mi nervioso inglés -yo espero lo que sea necesario por mis estrellas- la señorita Gardner pensó por un momento hasta que mi comentario sobrevoló el acento y la hizo sonreir -él sabe lo que hace- dijo su amiga sonriendo mientras una mirada retadora apareció justo en el momento en que se abrió la puerta.

La primera impresión del apartamento alquilado vía airbnb fue estupenda. Valga decir que yo había llegado un par de horas antes para encender las luces de la manera que me gusta, tenue. Algo me decía que debía ser atento y cuidadoso. A pesar de todo olvidé las instrucciones que con paciencia me había dado el dueño, tan solo dije ¿necesitan saber algo de un apartamento? No es necesario, se explica por si mismo, contestó la señorita Gardner.

Al día siguiente les mostré un poco la ciudad. Durante el almuerzo le tomé del pelo todo el tiempo. Parece que he cambiado, ya no quedo mudo ante la mujer que me gusta sin conocerla. Ahora le hago comentarios divertidos y dejo ver mi tradicional ironía. Por la boca muere el piscis.

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