domingo, 16 de agosto de 2015

pies descalzos

El hecho de vivir en la ciudad hizo que me olvidara de una relación profunda con la naturaleza. De niño fue muy importante el tener un jardín sembrado de rosas por mamá. Ese vínculo emotivo es imposible de romper; los colores, los aromas, la forma en que entraba la luz de la tarde iban a la perfección con mi sensibilidad.

Ahora que paseo en bicicleta a diario con mi hija he notado la distancia enorme que hay entre las suelas de mis zapatos y el piso. Uno de esos días llegamos a la arenera y ella, como siempre, se quitó los zapatos de inmediato, me pidió que lo hiciera. Recordé un video en donde recomendaban caminar descalzo por el pasto para recobrar el contacto con la madre tierra (suena hippie pero es la verdad). Lo hice, mi hija se llenó de emoción al ver como mis blancos pies se hundían en la arena. Yo sentí una especie de mareo que es similar al que se consigue cuando se llega a una concentración plena.

Luego de revivir esa sensación por unos 45 minutos entendí que en algún momento había olvidado esa parte de mi niñez. Sentirla recuperada ha sido fácil gracias a mi hija. De no ser por ella seguiría a 5 infinitos milímetros de distancia. A eso le puedo sumar los regalos que ella me hace, flores y piedras pulidas que encuentra en el parque. Esos regalos son un tesoro para mi.

domingo, 9 de agosto de 2015

pelo en la cara


La intergaláctica  me recomendó dejármela la noche en que inauguraba su vida con novio y apartamento nuevos. No le presté mayor atención, tan solo me había dejado de afeitar por una semana, pues el asunto de afeitarse llega a ser bastante aburrido e incómodo. Por otra parte nunca me ha llamado la atención dejar que el pelo crezca en mi cara. 

No era la primera vez que recibía el consejo no solicitado. El fundamentalista de la cuadra me había dicho que debía convertirme a judío, como él. Convencido de no querer ir por la vida con un bate a la espalda diciéndole a los demás como vivir la vida y viviendo en casa de la madre a pesar de pasar de los cuarenta años pasé amablemente de la sugerencia.

Una alumna me vio y se alegró de saber que de mi lozano rostro podía brotar una sencilla barba. Le hice notar que lo decía por el ciclo recurrente en la moda del hombre con cara peluda. Sin embargo no le dije que la diferencia estriba en que las muchachas como ella también prefieren las partes nobles debidamente rasuradas... según ellas. Ya quisiera yo ver al che Guevara o al mismísimo Fidel fumando sus habanos gigante mientras se rascan la entrepierna.

El colmo fue cuando mi hija, de apenas cuatro años, se me queda mirando por un rato y me dice que le gustaba mi barba pues me hacía ver "loquito".


domingo, 2 de agosto de 2015

¡la diva está de vuelta!

El miércoles llegó un mensaje de texto a mi teléfono -Estoy en Bogotá y me encantaría verlo- ¡la diva había vuelto! Por éstos días de redes sociales es difícil de creer que se pueda perder el contacto, pero así fue. Ella tuvo que cerrar su cuenta en facebook porque un alumno enamorado la estaba enloqueciendo con sus mensajes de menor de edad y ella no quería poner en riesgo su visa de residente en Francia por un mocoso, me dijo en la noche de ayer. Por coincidencia hacía un par de semanas era yo quien la estaba buscando. Telepatía.

Han pasado cuatro años desde la última vez que nos vimos. Pero todo ha sido diferente, ella sigue siendo la misma pero ha cambiado. La diva de cuerpo de reina ha entrado a la madurez con unos kilos de más, por primera vez le veo la panza abultada y sus increíbles piernas están ostensiblemente gruesas. Yo, por mi parte, no puedo hablar en mi favor. Su encanto sigue intacto a pesar de las gafas para ver de cerca, era la única de la generación que había logrado esquivarlas.

Llegó con un novio francés cinco años menor que ella, muy guapo y agradable. Hace un año que viven en Malasia y piensan quedarse dos años más. Aunque nos conocimos hace 25 años en la universidad (ella vive en París desde entrado el siglo) no ejerce nuestra profesión, desde que está en Europa se ha dedicado a ser profesora de español y lleva más de diez años trabajando con el gobierno, quién lo pudiera creer.

Aunque intentemos hacernos los de la vista gorda está claro que intentamos acomodarnos de la mejor manera a los rigores de la mediana edad pero sufrimos del mal de Wendy y Peter Pan... pero con presbicia.