domingo, 16 de agosto de 2015

pies descalzos

El hecho de vivir en la ciudad hizo que me olvidara de una relación profunda con la naturaleza. De niño fue muy importante el tener un jardín sembrado de rosas por mamá. Ese vínculo emotivo es imposible de romper; los colores, los aromas, la forma en que entraba la luz de la tarde iban a la perfección con mi sensibilidad.

Ahora que paseo en bicicleta a diario con mi hija he notado la distancia enorme que hay entre las suelas de mis zapatos y el piso. Uno de esos días llegamos a la arenera y ella, como siempre, se quitó los zapatos de inmediato, me pidió que lo hiciera. Recordé un video en donde recomendaban caminar descalzo por el pasto para recobrar el contacto con la madre tierra (suena hippie pero es la verdad). Lo hice, mi hija se llenó de emoción al ver como mis blancos pies se hundían en la arena. Yo sentí una especie de mareo que es similar al que se consigue cuando se llega a una concentración plena.

Luego de revivir esa sensación por unos 45 minutos entendí que en algún momento había olvidado esa parte de mi niñez. Sentirla recuperada ha sido fácil gracias a mi hija. De no ser por ella seguiría a 5 infinitos milímetros de distancia. A eso le puedo sumar los regalos que ella me hace, flores y piedras pulidas que encuentra en el parque. Esos regalos son un tesoro para mi.

No hay comentarios: