martes, 15 de septiembre de 2015

la marciana

Mi hija es una marciana, de eso no tengo duda. Aunque suene absurdo puedo recordar el momento y lugar en que fue concebida. En ese instante un pensamiento atronó mi mente desgajando el placer. Por eso no fue tan sorprendente cuando la mañana en que decidí acompañar a su madre al médico para tratar un caso de miomas el galeno a cargo decretó que era un bebé con casi cuatro meses de vida. Ese dos de septiembre confirmé que la marciana que había visto en un sueño estaba en camino.

Llegó diez días antes de cumplir cuarenta y dos años. Noté que ese había sido el tiempo dispuesto para prepararme, sin que lo supiera. Es ahí cuando la tremenda pregunta se hace gigante y a colores: ¿Quién soy? Ella llegó con buena parte de la respuesta y el resto la llevo descifrando desde que vivo solo. Sé que ella es mi maestra. Creo, como los chinos, que los hijos vienen a enseñarnos. Es poco lo que nosotros les podemos enseñar. Estamos hechos para servirlos, esa forma que en buena medida define al amor.

La claridad que ha traído es inefable. La idea un poco fuera de foco que tenía de mí se ha ido definiendo gracias a su ayuda. Me he puesto en el asador para que el fuego haga de las suyas; lo bueno queda, lo negativo se ha de transmutar por un trabajo profundo e intenso de auto-conocimiento. Muchos piensan que exagero, que es la novedad del primer vástago la que me saca de la realidad. Se equivocan. Tener una marciana en casa nos es cosa de todos los días ni durará toda la vida.




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