sábado, 24 de octubre de 2015

familia

Mi vida no ha sido un mapa de grandes aventuras. No he corrido medio mundo tras el amor. Camino las mismas calles de siempre, habito los lugares que pocos han vuelto a pisar porque están en las antípodas siguiendo al amor. En ocasiones me pregunto si he fallado en algo, si soy un mediocre con talento de perdedor. Mi orgullo no permite que el aguijón del desasosiego se enquiste donde más duele. Recorro la biblioteca pública donde confío que los ángeles nos miran por encima del hombro, como en la película de Wenders. Tomo a solas un café con un bizcocho mirando la gente sin bajar la mirada, hurgando en sus vidas que no se parecen a la de Peter Pan que ha sido la mía. Garabateo en mi libreta de papel kraft algunas frases con mi pluma estilográfica (nunca con bolígrafo), me gusta pensar que soy de otro tiempo. A veces me aventuro con algún dibujo en grafito como lo hace Columbo en su papel de ángel caído y feliz.

Luego subo a mi bicicleta, llevo el pelo hasta el hombro, demasiado largo para la gente que tiene mi edad, pero no para mi. Gafas oscuras, casco púrpura y el sillín de mi hija con su casco rosado. Paso por ella al jardín infantil y nos vamos a pasear al parque o a la piscina a la media tarde cuando todos trabajan, lo repetimos varias veces por semana. Jugamos descalzos en la arenera, luego vamos a casa a dormir un rato. Soy feliz y tengo claro que recorreré el mundo junto a ella. Donde está el corazón está la familia.

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