lunes, 23 de noviembre de 2015

plan stroganoff



Me cuesta trabajo pensar que soy romántico pero creo que lo tengo que aceptar de una vez por todas. Hasta éste momento la soltería no se ha dejado ver como el desfile de mujeres que promete el rocanrol. Alego en mi favor que lo he intentado, pero por alguna razón ningún embate fragua y todo se deshace rápidamente. He llegado a pensar que me han embrujado, o que es mejor dejarme llevar por la vida, pues es posible que se equivoque menos que yo.

La única "relación" que se mantiene en pie es la que llevo con Lu hace año y medio, cuando pasó de ser una estudiante para verla como una mujer decididamente guapa. Eso me generó un conflicto, no soy de los que busca salir con sus alumnas. Salimos a almorzar cada semana como amigos que se atraen. Durante ese lapso ella ha tenido un par de relaciones de las cuales me ha contado mucho, como un confidente. Eso me llevó a pensar en la maldición del mejor amigo. Sin embargo en el último mes la relación ha ido cambiando.

La relación con su novio terminó y la nuestra se mantiene. Una vez por semana la acompaño a una clase que me interesa y me distraigo mirando su nuca... y también su escote. Estamos planeando trabajar juntos el próximo año. Desde que le dije que soy tímido me ha dicho que hay un par de profesores que le parecen atractivos,- incluso uno de 57 años - me dijo para tranquilizarme pues estoy diez años por debajo. Un día me buscó en mi clase, llevaba tacones (le había dicho que la consideraba una mujer Dr. Martens) con pantalón ajustado y labial púrpura para decirme que la habían aceptado en la maestría que le interesa, me enteré antes que su madre.

Hace un mes fuimos a almorzar con mi hija, ella aprecia a Lu, le gusta su forma de vestir (cuestión de mujeres sin duda). Por su parte Lu es cariñosa con ella sin pretender congraciarse. La mesera nos vio como una familia y le preguntó a la señora qué deseaba comer, ella lo tomó con naturalidad por lo que ahora es la Señora Stroganoff.  Desde entonces hemos salido un par de veces en el mismo plan. No me quiero entusiasmar, tan solo narro los hechos.




domingo, 8 de noviembre de 2015

dos escenas

1.
Estaba en mi estudio cuando escuché la voz de una mujer joven en la calle, discutía con alguien. Al notar que el asunto no se disipaba decidí acercarme a la ventana. Vi una niña de unos 16 años que hablaba en voz alta con su padre. Le reprochaba que nunca hubiera estado presente y ahora pretendiera jugar el papel. Le dejó en claro que en su opinión ella había sido su padre y que eso no cambiaría. No dejó de tutearlo en ningún momento -algo extraño en Colombia, donde se discute de usted- y él intentó capotear el temporal con arrogancia. No le funcionó. No pude evitar sentirme afectado al imaginar que eso me podría suceder. Pero  me tranquiliza saber que siempre estoy con mi hija aunque no compartamos techo todos los días.

2.
No era un desconocido para mi aunque no sabía quien era. Cada mes lo veo frente a una casa cerca del apartamento de los abuelos. Me llama la atención la paciencia y constancia que tiene. Ha de tener unos sesenta años, es delgado, viste bien pero se percibe sufrimiento en su rostro aún guapo bajo su pelo blanco. Había pasado a su lado muchas veces, pero ese día me habló mientras me enseñaba un clip color lila que llevaba en su mano. Le dije que no entendía francés, se sorprendió un poco, cambió el idioma y me dijo que ese clip era el resultado de un largo proceso industrial que podía tener múltiples usos como por ejemplo el de sostener las hojas de un profesor, entre otros. Al terminar me pidió, con una enorme vergüenza, una moneda. No me importó pagar por un clip usado, lo guardo como señal.

domingo, 1 de noviembre de 2015

duermo con muñecos

Pude vivir con mi hija hasta que tuvo tres meses de vida, 114 días exactamente. Luego el mundo se partió en muchos pedazos y llevo cuatro años recogiendo los que sirven para construir algo nuevo. Lo que en un principio consideré como el fin del mundo resultó lo contrario. Paso todas las tardes con ella, aunque la comisaría de familia indica que tan solo las tardes de los lunes, miércoles y viernes son las permitidas. Por lo general la madre no puede estar con ella las tardes de los martes y jueves, así que yo aprovecho esos espacios como un preso al que de dejan ver el cielo por unos minutos. Creo que yo estoy más tiempo con ella que la madre. Excepto en las noches.

Conservo una cobija anaranjada con capucha de cara de león que la arropaba durante esos 114 días. Duermo con ella, me cubre como una especie talismán protector que me acerca a R cada noche. También el primer muñeco que le regaló la abuela, mi madre. Hace un par de semanas mi hija trajo consigo otro par de muñecos, un cerdito y una pera. Todos descansan sobre el edredón de mi cama. Al lado, en un segmento de una pequeña biblioteca reposan sus libros infantiles -en casa de los abuelos tiene otra más- y al lado de mi cama nido está una caja con sus moños, lazos y joyas de plástico. También su saco de dormir con tela de hadas rosadas. Las paredes de todo mi pequeño apartamento están decoradas con sus dibujos.

El viernes pasó la noche conmigo. Dormimos en la misma cama porque no permite que la deje sola. Como siempre lo primero que hizo fue arropar a los muñecos y disponer para ellos media cama, los cuida de tal manera porque son sus hijos, me dice. Yo entre tanto estoy al borde del colchón sin espacio para moverme, feliz de tenerla a mi lado, escuchando como un mantra su respiración mientras la miro dormir.

Y cada noche que no está me encargo de que chancho, pera y R tengan media cama y estén debidamente cubiertos.