domingo, 8 de noviembre de 2015

dos escenas

1.
Estaba en mi estudio cuando escuché la voz de una mujer joven en la calle, discutía con alguien. Al notar que el asunto no se disipaba decidí acercarme a la ventana. Vi una niña de unos 16 años que hablaba en voz alta con su padre. Le reprochaba que nunca hubiera estado presente y ahora pretendiera jugar el papel. Le dejó en claro que en su opinión ella había sido su padre y que eso no cambiaría. No dejó de tutearlo en ningún momento -algo extraño en Colombia, donde se discute de usted- y él intentó capotear el temporal con arrogancia. No le funcionó. No pude evitar sentirme afectado al imaginar que eso me podría suceder. Pero  me tranquiliza saber que siempre estoy con mi hija aunque no compartamos techo todos los días.

2.
No era un desconocido para mi aunque no sabía quien era. Cada mes lo veo frente a una casa cerca del apartamento de los abuelos. Me llama la atención la paciencia y constancia que tiene. Ha de tener unos sesenta años, es delgado, viste bien pero se percibe sufrimiento en su rostro aún guapo bajo su pelo blanco. Había pasado a su lado muchas veces, pero ese día me habló mientras me enseñaba un clip color lila que llevaba en su mano. Le dije que no entendía francés, se sorprendió un poco, cambió el idioma y me dijo que ese clip era el resultado de un largo proceso industrial que podía tener múltiples usos como por ejemplo el de sostener las hojas de un profesor, entre otros. Al terminar me pidió, con una enorme vergüenza, una moneda. No me importó pagar por un clip usado, lo guardo como señal.

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