domingo, 1 de noviembre de 2015

duermo con muñecos

Pude vivir con mi hija hasta que tuvo tres meses de vida, 114 días exactamente. Luego el mundo se partió en muchos pedazos y llevo cuatro años recogiendo los que sirven para construir algo nuevo. Lo que en un principio consideré como el fin del mundo resultó lo contrario. Paso todas las tardes con ella, aunque la comisaría de familia indica que tan solo las tardes de los lunes, miércoles y viernes son las permitidas. Por lo general la madre no puede estar con ella las tardes de los martes y jueves, así que yo aprovecho esos espacios como un preso al que de dejan ver el cielo por unos minutos. Creo que yo estoy más tiempo con ella que la madre. Excepto en las noches.

Conservo una cobija anaranjada con capucha de cara de león que la arropaba durante esos 114 días. Duermo con ella, me cubre como una especie talismán protector que me acerca a R cada noche. También el primer muñeco que le regaló la abuela, mi madre. Hace un par de semanas mi hija trajo consigo otro par de muñecos, un cerdito y una pera. Todos descansan sobre el edredón de mi cama. Al lado, en un segmento de una pequeña biblioteca reposan sus libros infantiles -en casa de los abuelos tiene otra más- y al lado de mi cama nido está una caja con sus moños, lazos y joyas de plástico. También su saco de dormir con tela de hadas rosadas. Las paredes de todo mi pequeño apartamento están decoradas con sus dibujos.

El viernes pasó la noche conmigo. Dormimos en la misma cama porque no permite que la deje sola. Como siempre lo primero que hizo fue arropar a los muñecos y disponer para ellos media cama, los cuida de tal manera porque son sus hijos, me dice. Yo entre tanto estoy al borde del colchón sin espacio para moverme, feliz de tenerla a mi lado, escuchando como un mantra su respiración mientras la miro dormir.

Y cada noche que no está me encargo de que chancho, pera y R tengan media cama y estén debidamente cubiertos.

1 comentario:

kika dijo...

Que linda escena! Casi puedo verla en dibujos.
Que bueno que pueda tener todos esos recuerdos para atesorar cuando sea grande. Que bueno que haya papás que sientan asi por sus pequeños (a mi no me toco uno de esos lamentablemente)

Yo no tengo hijos, pero que en cualquier situación uno puede aprender lecciones de esos enanos, que eran como uno, antes de contaminarse con la adultez.