sábado, 12 de diciembre de 2015

sábanas púrpura

Y llegó el momento de intimidad más fuerte que el sexo. Era la primera vez que nos veíamos  en la noche... y la pasamos juntos. No llegó a tiempo como era de esperar, le pregunté si valdría la pena hacerlo o si tendría que correr como la cenicienta. Dejé pasar el tiempo mientras caminaba por calles que fueron mías hace años. La invité a cenar a un restaurante que ya no existía, la calles estaban enloquecidas de gente y luces navideñas. El segundo restaurante resultó un desastre y opté por tomar un taxi que nos llevara a puerto seguro. Comida árabe y la charla la llevó ella queriendo saber cuál había sido la historia de amor con la madre de mi hija. Contesté la verdad -eso fue muy enfermo- acotó, tenía razón. Sin haberlo preguntado me dijo que no le interesaba tener novio, le dije que la mujer de mi vida era mi hija, lo demás era lo demás. El restaurante cerró a las 12 y salimos como dos cenicientas que habían recibido calabazas.

Me dijo que debía irse, intenté buscarle un taxi pero la calle esa noche era peatonal. Ella quería fumar pero no había cigarrillos y caminamos buscándolos. Al notar que le buscaría el taxi  inventó cualquier excusa para ir a otro lugar y tomar algo, mágicamente la calabaza amarilla con letrero de taxi entró a cuadro. Durante el trayecto me preguntó cuál era mi estrategia de seducción si no bebo ni bailo. Fuimos a la zona rosa, a ninguno de los dos nos gusta pero no quería que tuviera el control. Fumó. Tomamos un ginebra y el bar cerró, Pensé que eso había sido to-to-todo amigos, pero ella quería caminar para fumar. Llegamos a un bar de mi adolescencia que aún estaba en pie. La música estaba muy bien, a pesar de ser tan joven la celebró y se contoneó con el rocanrol como me gusta. Un margarita para ella y otro gin tonic para mi. De repente, mientras hablo, hace cara de sorpresa y me dice que no tiene las llaves de su casa así que no puede entrar. Solución: quédate en mi casa. El bar cierra. Otra calabaza a las dos de la mañana con rastros de carroza nos lleva al desierto de mi apartamento.

Me preparé un café para dejar a un lado el ligero mareo del gin. Lo tomamos entre los dos mientras hablamos de la primera vez que nos vimos. Mi pregunta si es mi alumna -lo fuiste- contesté. Le digo que voy a cambiar las sábanas para que duerma en mi cama y yo en la sala. No quiso lo uno ni lo otro -podemos dormir en la misma cama, no va a pasar nada- dice -y si pasa no hay problema- contesto con descaro mientras ella suelta una carcajada.  Pero la cama es sencilla no doble, me dice que no hay problema. Mi pidió un saco largo para dormir, escogió el gris, me retiro para que se lo ponga. No se quitó las medias negras. Ella tendió la pequeña cobija de león de mi hija de la manera que yo lo hago. Guardo a Doña Pera, el bebé, el tigre, y el pato. Por supuesto no dormí desnudo como acostumbro. Apagué las luces y me caí de la cama pues no sabía cómo abordarla, hace cuatro años y medio que ninguna mujer duerme conmigo (aparte de mi hija). Risas para mi torpeza.

La nuca que miraba en clase estaba a unos centímetros de mi cara, la podía oler. Su respiración era fuerte, hacía que dormía. Nuestros pies no dejaron de rozarse en toda la noche. El tamaño de mi cama obligaba a acoplar mis piernas en las suyas, en cucharita. Ella acercó su cuerpo al mío con sutileza y suavidad, buscando que no se notara. La abracé como se abraza a quien amas mientras duerme. No intenté nada aunque lo anhelo, seducir con licor de por medio siempre me ha parecido una trampa. Amaneció y mi sueño ligero terminó por disiparse entre 5.30 y 6, como siempre. Me acomodé para verla dormir aunque nunca se volteó hacia mi, su rostro estuvo siempre hacia la pared. Me concentré en su respiración suave. Un rato después se volteó para acomodarse, me mira y pregunta si la observo dormir -tú que crees- respondo -usted está muy loco- contesta entre tímida y halagada -desquiciado- se acopla de nuevo pero ésta vez me veo dulcemente obligado a subir mi pierna ligeramente sobre su pierna derecha, vuelvo a poner mi mano en la curva de su cintura. Me tiene al borde de la cama.

A las 7.30 decido salir para buscar algo que comer y traer el carro de mi padre. Ella me quiere acompañar pero la convenzo de que duerma entre tanto. Le preparé el desayuno, se paseó por mi estudio con mi saco de sudadera que le llegaba hasta la parte alta del muslo, tal como lo había imaginado. Al verse al espejo dijo que estaba prácticamente desnuda y debía vestirse, -estás perfecta- dije con descaro. No se cambió. Notó el calendario de la cocina donde están marcadas las noches que he pasado con mi hija, toma el marcador y escribe su nombre... muero por dentro.

La llevé a su casa, la casa de sus padres que están fuera de la ciudad hace un par de semanas. El cerrajero abre la puerta. La espero comiendo una manzana en la sala mientras ella se cambia en el segundo piso. Me pide que la acompañe porque se puede demorar un poco. Subo con timidez, veo su habitación desde afuera, ella insiste en que pase. Veo como prepara la maleta para el viaje corto que va a hacer en menos de una hora. Se maquilla. Regresa del baño con unos pantalones de algodón rojo ajustados, se alcanza a notar la ropa interior negra, se lo hago ver y lo soluciona. Se lava los dientes, se pone desodorante. Me hace testigo de su intimidad porque ella lo quiere. La conmoción que comenzó a las tres de la mañana llega a puntos inesperados por su belleza. Al salir me regala una botella de vino, le agradezco y le pido que la tomemos juntos cuando regrese. Antes de recoger a su prima me pregunta porqué soy así, usa una palabra de jerga que quiere decir estupendo. Pasamos a buscar a su prima, se convierte en la copiloto navegante sexy y las dejo en el lugar de donde van a partir. Me besa en la mejilla y baja, da la vuelta al carro y se acerca a mi ventanilla, -fue raro pero muy lindo- le digo, -fue raro, es cierto, me dejó loca que me viera dormir- contesta entusiasmada y ofrece su rostro para que la vuelva a besar, lo hago muy cerca de su boca, rozando la comisura de sus labios.

No hubo sexo y no me molesta porque no quise repetir escenas pasadas, ésto lo quiero diferente y sin comportamientos enfermos. Ahora lo anhelo más y la extraño. Viví quince horas como nunca, estoy tranquilo y feliz. Es la primera mujer que duerme en mi cama del desierto, me gusta que haya sido ella quien hiciera la marca en el calendario un diez de diciembre.

Intuyo que sabe de mi álter ego y que incluso me lee. Tenemos una botella de vino por delante y un calendario por marcar guapa.



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