miércoles, 21 de septiembre de 2016

el extraño de la arenera

Una de las actividades habituales con mi hija es ir al parque a jugar en la arenera. En ocasiones vamos algunas tardes de la semana. En esos días el parque nos pertenece. Los sábados es diferente, el lugar está colmado. Es entonces cuando es fácil verlo. Ha de tener unos treinta años, es alto y delgado. Generalmente viste con sudadera, bermudas y un sombrero de lona con ala ancha para protegerse del sol. Está rodeado de baldes vacíos que pretende alquilar a los padres que no van provistos con los juegos para niños. El negocio no le funciona. La gente lo ve con desconfianza, pues no es normal que un adulto hable solo mientras está cavando hoyos en una arenera para niños, en bermudas y sin quitarse los calcetines. Los niños no le prestan atención más que cuando necesitan un balde, para ellos es un compañero más. Las palabras que balbucea para si mismo parecen recuerdos y expresiones de otro momento. Me abruma su soledad.

jueves, 1 de septiembre de 2016

resultados del delirio

Y vuelvo con la boca pastosa a los libros que dejé inconclusos hace diez meses. No hay quejas mas que las de la memoria... la mala memoria. Tampoco me siento mal. Las respuestas me confirman al abrir esas páginas llenas de polvo que algo se ha aprendido por el camino. Hay tranquilidad en el pecho pero la mente no para de bailar el rocanrol de lo que sembré alguna vez. Incluso los frutos defectuosos son primorosos al verlos de esta manera. En paralelo tres eclipses... ¡tres! El sol emparedado y el cuerpo buscando acción. El asunto está en ver a los asuntos pendientes volver y no temer cuando no se piensa en lo que vendrá, pero se sabe desear.

El delirio no tiene entre sus planes el descanso.