domingo, 5 de marzo de 2017

un cuarto de siglo después

Todo comenzó en 1992. A pesar de mis veintipocos nunca había tenido una novia "oficial". Mi timidez, reserva y sentido común me lo impedían. Por esos días nuestra banda de rocanrol (la dejé justo antes de que tuviese un enorme éxito) daba muestras de alzar el vuelo. Hicimos el famoso primer concierto en la casa desocupada de la calle 104 gracias al manager del momento y su buena gestión... con sus familiares. Poco tiempo después fuimos a un bar propiedad de los aterciopelados en la macarena, vía arteria daba en llamarse, estupendo lugar que no tuvo larga vida pues los vecinos progres del sector no apreciaban el ruido, ni la música, ni a los jóvenes rufianes que alardeabamos de hacer rocanrol, ni nada que no tuviese un tufillo esnob, tan habitual en ese sector.

La noche de la inauguración del bar, Patiño el manager, llegó con ella, muy entusiasmado el capullo. Para resumir al final de la noche yo salí con ella y la acompañé hasta el apartamento donde vivía con su madre a un par de cuadras del lugar. Patiño no me guardó ningún rencor, un muchacho noble. Charlamos hasta entrada la madrugada y me fui. Luego me confesó que no me habría negado una tanda de besos en esa primera ocasión, pero no hay nada mejor que hacerse desear.

Unos meses después el asunto terminó mal, como todo lo que termina (según dice Calamaro). Incluso me buscó después del fin, pero la dejé plantada en la puerta del apartamento de mi madre. Hacia 2001 dejó un mensaje en mi contestador deseándome un feliz cumpleaños, ese gestó me sorprendió. Hablamos por teléfono y supe que ya era madre, me alegré por ella. Hace unos ocho o nueve años nos encontramos en un museo, fue muy amable diciendo que soy de los que lleva en el corazón. Le agradecí, pero la honestidad brutal no me permitió corresponderle el halago.

Hace un par de semanas almorzamos en el restaurante español de la calle 23, ella no existe fuera del centro de la cuidad, imagino que al llegar a la calle 26 se desvanece. La madurez le sienta estupendamente sin duda, pero no tanto como para querer sacarle la blusa en un arranque felino.  Hace diez años está casada y su vida comienza a cubrirse con esa delgada capa de polvo del aburrimiento. Me despedí y corrí como el alma perdida que soy en busca de mi hija.

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