domingo, 9 de julio de 2017

el vientre de la ballena

Las paredes están cubiertas de mí, hace tiempo lo tengo bien entendido. Son mensajes claros, pistas de la memoria que ayudan a encontrar la salida del dédalo. Un lugar pequeño que en ocasiones se me antoja la cabina de una nave que me lleva por lugares ajenos a la realidad, el escape es la imaginación. Desde que lo habito sé que es un lugar importante, un lugar de tránsito para un pasajero en trance.

El paso del tiempo se comienza a notar, la brecha generacional es evidente pero no me disgusta., Por el contrario, hace que todo entre en foco lentamente y me evidencie el tema de la perspectiva, que es fundamental para sentirse más ligero y poder despegar los pies de la tierra. El aislamiento en una celda cómoda propicia para caminar cuarenta días por el desierto interior, o correr por los círculos del infierno exterior. Todo al mismo tiempo; asunto coral; sinfonía sincrónica.

A pesar de sacudirlo aún quedan restos de un desasosiego que se impregna. El sino de nuestro tiempo, eso es todo. Las tormentas del desierto crean nubes de polvo. Entre tanto me concentro en la posibilidad de un porvenir elaborado por la conciencia, que ya no tome desvíos necesarios para aprender alguna lección y poder llegar a buen puerto con la asignatura pendiente. Entonces me tercio mi guitarra dispuesto a correr con los Tuareg en el vientre de la ballena.

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